Dissidents in Cuba
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El Che Guevara en La Cabana

El Che Guevara en La Cabaña
2006-10-29
José Vilasuso Rivero
La Habana, principios de 1959.

En 1997 aproximadamente recibí noticias sobre Richard Dido, ensayista
suizo admirador del Che Guevara y autor de Biografía del Che.* En ese
año a fin de enriquecer aportaciones sobre el guerrillero argentino me
permití acotar informes alternos pertinentes que han recorrido el mundo
y hoy continúan siendo solicitados, especialmente luego de la
publicación del artículo La Máquina de Matar rubricado por Alvaro Vargas
Llosa en, julio 11, 2005, así como el video Radiografía del Che de Pedro
Corzo, Memoria Histórica de Cuba.

A su vez me llegan testimonios y materiales relacionados con dichos
acontecimientos que se revisten de indiscutible valor histórico, acrecen
nuestro archivo, consolidan criterios, y se abren a debate,
esclarecimiento y divulgación. En observación a recientes peticiones
cabe anotar nuestra admiración a uno de los libros más objetivos
publicados en torno a Guevara, Biografía del Che de Carlos Castañeda
cuyos aportes tal vez podrían enriquecerse con nuevos datos sobre la
etapa que aquí describo.

En enero de mil novecientos cincuenta y nueve trabajé a las órdenes del
conocido dirigente revolucionario argentino en la Comisión Depuradora,
Columna Ciro Redondo, fortaleza de La Cabaña, La Habana. Recién graduado
de La facultad de Derecho en la Universidad de La Habana y con el
entusiasmo propio de quien, de repente ve a su generación subir al poder.

Hasta el momento mi ubicación social había sido humilde y las
aspiraciones de alcanzar posiciones sobresalientes en nuestro país ni
figuraron en mi agenda. Pero en poco tiempo la revolución transformó el
panorama nacional radicalmente. Tuve diversas oportunidades para
comenzar con augurio optimista el desempeño de la abogacía. De la noche
a la mañana me descubrí convertido en alguien a quien se solicitaba, se
le hacían consultas y podía conceder favores. Fue un cambio inolvidable
en mi vida.

De esta manera formé parte integrante del cuerpo instructor de causas
por delitos cometidos durante el gobierno anterior; asesinatos,
malversaciones, torturas, delaciones, etc. Era el ejercicio de la
profesión letrada en su aspecto más complejo, el crimen político. Por mi
escritorio pasaron las expedientes de acusados como el comandante
Alberto Boix Coma, quien reportaba los partes de campaña gubernamentales
y Otto Meruelo, periodista; ambos ostentaban cierta actualidad en el
devenir del momento.

Aunque la mayoría de los encartados a mi cargo eran militares de baja
graduación, y funcionarios públicos sin relieve ni carisma, a la gran
mayoría de los cuales ni siquiera tuve ocasión de conocer personalmente.
El cuerpo legal en que nos debíamos basar era la Ley de la Sierra, en
puridad se trataba de una corte marcial sustentada por hechos; los
principios y doctrina jurídica no se tenían en cuenta, y el informe del
oficial investigador constituía cosa juzgada. El espacio para aplicar
libremente los instrumentos de derecho quedaba fuera de nuestro alcance.

Desde los inicios se notaba la carencia de información pertinente sobre
los encartados, así como las naturales circunstancias adjuntas a las
acusaciones. Hablo de los atenuantes y agravantes de cada caso, por
ejemplo, elementos a considerar pues la mera tenencia de la causa entre
las manos no permitía adelantar estimados confiables sobre las
responsabilidades alegadas. El mero olor de las causas hacia intuir la
ausencia de hechos contundentes que permitieran forjarse un criterio
sano sobre la culpabilidad o inocencia de los encartados, mucho menos de
factores adyacentes imprescindibles al momento de juzgar conductas humanas.

Pero más inusual aun parecía la imposibilidad de aportar criterios,
recursos legales, e incluso la manejabilidad de los casos. Iniciativas
como proponer testigos no incluidos en la causa, o dialogar con el
abogado defensor parecían inaceptables y de intentarlo nunca cuajarían.
Se trabajaba con presunciones y sobreentendidos a los cuales echar el
ojo clínico. Cada miembro del tribunal debía intuir las reglas del juego.

Por su parte los testigos que mejor recuerdo fueron en su mayoría
jóvenes fogosos, revanchistas, ilusos o deseosos de ganar méritos
revolucionarios. Durante los interrogatorios apenas se les formulaban
par de preguntas definitorias se veían desconcertados, huidizos o en no
pocos casos comenzaban a poner en remojo sus dichos.

No esperaban enfrentarse a profesionales que en vez de aceptar sus
acusaciones las cuestionaban y pedían aclaraciones. Retengo la impronta
de un teniente apellidado Llivre, de acento oriental, estudiante del
Instituto de Segunda Enseñanza de Santiago de Cuba que de pie ante
nuestros escritorios vehementemente nos exhortaba. “No se detengan. Hay
que dar el chou, traer de testigos a revolucionarios de verdad, que se
paren ante el tribunal y pidan a gritos; justicia, justicia, paredón,
esbirros… Esto mueve a la gente”.

En la misma dirección el entonces comisionado por Marianao, una vez nos
recriminó, “a estos hay que arrancarles la cabeza, a todos”.
De inicio componíamos los tribunales letrados civiles y mayormente
militares, bajo la dirección del capitán Mike Duque Estrada, los
tenientes, Sotolongo, Estévez, Rivero que terminó loco y los fiscales
Tony Suárez de la Fuente, Pelayito apellidado “paredón o charco de
sangre,” aunque este apodo se le endilgaba entre muchos a cualquiera de
nosotros, quienes sin embargo en su casi totalidad más tarde nos
ausentamos del lugar y desertamos a causa de las discrepancias pronto a
la vista.

Posteriormente nuestras posiciones fueron ocupadas por aforados sin
instrucción legal, pero incondicionales al régimen. Hubo familiares de
víctimas del anterior gobierno a quienes cupo juzgar a sus victimarios.
Cuestión espinosa desde el punto de vista de la objetividad que a todo
tribunal es exigible. Entre ellos figuraba el capitán Oscar Alvarado,
cuyo corajudo hijo Oscarito, fuera ultimado por la policía del régimen
anterior en las acciones de la Ambar Motors en La Habana en 1958.

Entre las varias anécdotas se destacan sus frecuentes paseos frente a
las celdas de los confinados próximos a ser sometidos al tribunal.
Alvarado levantaba la cabeza y como fijando la mirada en el vacío
repetía: Oscarito, Oscarito…Pero Oscar Alvarado – dentro de las
circunstancias – dejó un rastro de cordura y equidistancia a la hora de
dictar sentencias. Era un hombre alto, rubio, elegante y casi nunca
reía. Era muy solicitado y a ratos lo observábamos dando muestras de
abrumamiento y un pesar profundo.

Alvarado como tantos de nosotros a los pocos días de trabajar en la
Comisión hablábamos con la mirada, respiración profunda y gestos mudos.
El primer procesado que tuve ante mis ojos se llamaba Ariel Lima, era
casi un niño, antiguo revolucionario pasado al bando gubernamental,
junto con otros aforados; su suerte estaba echada, vestía de preso, lo
vi esposado y los dientes le castañeteaban de fiebre o terror. Me pasó
por un lado triste y cabizbajo custodiado por un guardia; luego estando
tras rejas, me hizo una mueca como de “ya me ves, aquí estoy…Puedes
hacer algo por mí”.

Años más tarde manera personal viví el otro lado de esta experiencia,
ahora como abogado defensor. Fue un cambio de perspectivas aleccionador
y saludable que completó mis verdes conclusiones de aquellos primeros
momentos. Fue la otra cara de la moneda. La capacidad profesional ahora
se reducía a visitar el preso: traerle recados, ropa o alimentos de sus
familiares; poco antes del juicio repasar la causa, aceptar los cargos,
y en vista de las malas orientaciones que seguramente el acusado
recibió, que la revolución generosa le disminuyera la petición del señor
fiscal. Si pena capital, treinta años…

Por los días iniciales del proceso Ernesto Guevara era visible con su
boina negra, tabaco ladeado, rostro cantinflesco, y brazo en
cabestrillo. Estaba sumamente delgado y en el hablar pausado y frío,
dejaba entrever cierta “pose” de eminencia gris y total sujeción a la
teoría marxista. Era una personalidad sobresaliente y decidida. Su
liderato no se ponía en duda. Se expresaba con timbre del hombre que lee
y ha acumulado vivencias profundas, variopintas y fuera de lo común.

Su prestancia exterior era simpática, de figura legendaria y dejaba
caer la sensación de alguien que tomaba en serio sus funciones. Todos en
La Fortaleza hablaban de él, para muchos era un enigma, otros lo citaban
con reserva, terceros callaban. Habitualmente en su despacho se reunían
personas de diversas procedencias y no pocos visitantes extranjeros
discutiendo acaloradamente, sobre la marcha del proceso revolucionario;
asunto que parecía absorberlos por completo.

Nunca tuvo empacho en preguntar, cuestionaba todo lo que le parecía
reñido o incompatible con su ideario. Dejaba entrever cierta curiosidad
por conocernos personalmente y que habláramos a calzón quitao. Creo que
adivinaba el choque inevitable. A continuación tomaría buena nota de las
respuestas no a su gusto. Su conversación solía cargarse de ironía,
nunca – estando yo presente – mostró alteración del temperamento y
aunque escuchaba a todos, y hasta admitió objeciones, tampoco atendía
excesivos criterios dispares.

Era como pan comido que no le quitaba el sueño. Nunca traspasó la
barrera propia de su política. Luego de las discrepancias a más de un
colega lo amonestó en privado, en público a todos: su consigna era de
dominio público. “No demoren las causas, esto es una revolución, no usen
métodos legales burgueses; el mundo cambia, las pruebas son secundarias.
Hay que proceder por convicción. Sabemos para qué estamos aquí. Estos
son una pandilla de criminales, asesinos, esbirros… Yo los pondría a
todos en el paredón y con una cincuenta ratatatatata… a todos.

Por encima existía un Tribunal de Apelación en plenas funciones, pero
nunca declaró con lugar un recurso, sólo confirmaba las sentencias y su
presidente era el comandante Ernesto Guevara Serna.
Las ejecuciones tenían lugar de madrugada. Una vez dictado el fallo, no
pocos familiares y allegados estallaban en llantos de horror, súplicas
de piedad para sus hijos, esposos etc. La desesperación, el delirio y el
miedo cundían por la sala estremeciendo a la guarnición de La Fortaleza
quienes al amanecer del siguiente día desvelados contaban en detalle lo
sucedido. Los relatos de cuadros inolvidables recogidos entre los
moradores de La Cabaña forman voluminosos legajos de verdades
desconocidas y algunas perdidas para siempre. La palabra de orden se
repetía: “mañana pido mi traslado”.

Al concluir los juicios a numerosas mujeres hubo que sacarlas a la
fuerza del recinto, y era necesario apresurarse pues las descargas y
gritos pronto iban a retumbar por los patios amurallados multiplicando
sus efectos indefinidamente. Luego de la sentencia el próximo paso era
la capilla ardiente donde por vez postrera los familiares se abrazaban
unidos por el dolor. Aquellos abrazos por minutos parecían preludiar un
largo viaje.

Su contenido no estaba al alcance de mis 26 años aun pletórico de
ardores e inexperiencia ante la realidad de la muerte, sobre todo la
muerte violenta. Los sentimientos aflorados revestían rasgos de
humanidad muy ajenos a las causas de aquellas ejecuciones al consumarse;
no obstante aun no había digerido aquella experiencia en toda su
intensidad. Aparte de la cuestionabilidad de la pena capital y en
particular las condiciones en que allí se aplicaba. Al contemplar los
últimos minutos de un ser humano en este planeta, es imposible y
desgarrador admitir que todo concluya ahí.

La existencia es preciosa y persiste en evolución; troncharla traspasa
todo derecho. Al revaluar todo esto, hoy estoy seguro de que existe algo
más allá y más justo para los caídos. Pero entonces yo como muchos
colegas bisoños aun no podíamos sobrepasar al hombre sobre el uniforme.
Costó tiempo, casos patéticos y abundantes lágrimas derramadas para
despojarlos de su filiación y al final reconocerles la condición de
víctimas. No otra imagen despedían al dirigirse al paredón rodeados por
los soldados verde olivo; el catálogo de sus reacciones proveería de
ricos materiales para unas cuantas historias realistas.

Hubo condenados que se resistieron a admitir la pena hasta el instante
de la descarga, otros iban anonadados, trémulos, abismados, arrastrando
los pies; un policía como última merced solicitó que le dejaran orinar;
varios sentenciados ese día conocieron qué era un sacerdote, más de uno
murió proclamando “soy inocente”. Un bravo capitán dirigió su propia
ejecución. Presenciar los pormenores y secuelas de aquella matanza a
manos de reclutones, o verdaderos profesionales como el capitán Herman
Marks ex-convicto oriundo de Ohio, a quien se atribuían envidiables
ganancias, dado el número de ejecuciones que se le asignaron. En resumen
fue un trauma que me acompañará toda la vida y tengo por misión divulgar
a los cuatro vientos.

Los acontecimientos verdaderamente serios presenciados no merecen
ocultarse por dolorosos que resulten, so pena de privar a la sociedad de
sus fuentes de conocimiento. Durante aquellos meses los muros del
imponente castillo medieval obra de Juan Bautista Antonelli recogieron
los ecos de las marchas rítmicas en pelotón, rastrillar de los fusiles,
voces de mando preventivas y ejecutivas, el retumbar de las descargas,
los aullidos lastimeros de los moribundos, el vocinglerío de oficiales y
guardias al ultimarlos.

Exclamaciones multisonantes que superan los imaginarios más fecundos de
crueldad y fantasía. Llantos que se confunden con risas histéricas, pues
las lágrimas y las risas se pueden tocar. Mas tarde el silencio macabro
cuando todo se había consumado. Frente al paredón huellado hondamente
por las balas, atados al poste, quedaban los cuerpos agonizantes, tintos
en sangre y paralizados en posiciones indescriptibles; manos crispadas,
expresiones adoloridas, de estupefacción, quijadas desencajadas, un
hueco donde antes hubo un ojo. La mayoría de los cadáveres quedaban con
parte del busto de bruces, la cabeza destrozada y sesos al aire a causa
del tiro de gracia.

Al transcurso del tiempo las huellas de las balas permanecen horadando
el paredón a la altura del pecho y garganta de la estatura de un hombre
promedio. Un examen minucioso de esas huellas, luego de escrupuloso
estudio matemático permitirá calcular con acierto, el número de
descargas allí consumadas. De lunes a viernes se fusilaban entre uno,
ninguno y hasta siete prisioneros por jornada; fluctuando el número
conforme a las protestas diplomáticas e internacionales, o las
frecuentes dilaciones por falta de convicción por parte del tribunal.
Las penas capitales estaban reservadas a Fidel, Raúl, Che y en casos
menores al tribunal, o raramente al partido comunista. Cada integrante
de pelotón cobraba quince pesos por ejecución y era considerado combatiente.

A los oficiales les correspondían veinticinco. Posteriormente como
estímulo a los servicios revolucionarios se aumentó la paga. En la
provincia de Oriente se aplicaron penas máximas sumarísimas y
profusamente; pero no poseo cifras confiables. Presumo que algunos
cálculos aparecidos en la prensa son exagerados. También se aplicaron
sanciones sumarias en la provincia de Las Villas en número menor.
Aunque en total en La Cabaña, hasta el mes de julio de aquel año,
debieron fusilarse no menos de unos cuatrocientos reos, más un número
indefinido de condenas hasta de 30 años de prisión, producto en suma de
una lucha en que murieron unas cuatro mil personas entre ambos bandos.

En contraste como resultado de la Segunda Guerra Mundial, donde entre
bajas en frentes de batalla, en tierra, mar y aire; campos de
concentración, etc., se calculan cuarenta millones de víctimas. En los
procesos de Neurenberg la pena capital únicamente se aplicó a doce
criminales de guerra, Martín Borman escapó y posteriormente otros tres o
cuatro casos fueron ajusticiados en Israel. Tantos las ejecuciones en la
Unión Soviética como las llevadas a efecto por los maquis franceses
(marxistas) no figuran en dichos estimados, aunque sabemos que rompieron
esquemas.

Estos datos sucintos serían útiles al señor Dido tanto en aras de cierto
balance en el libro, como para ilustración personal en torno a su
apologado. Parejamente no estarían demás para información complementaria
de don Benicio del Toro a quien podrían ampliar datos fidedignos para la
posteridad, cuando la vida le conceda más madurez.

*Aporte corregido y aumentado al artículo titulado “Biografía del Che”,
escrito por Richard Dido.

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El Veraz.com Contactocuba.com. Disidente Universal. org

http://www.miscelaneasdecuba.net/web/article.asp?artID=7543

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