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El derecho a decidir

El derecho a decidir
Pedro Corzo
mayo 31, 2014

Hay quienes con frecuencia acusan de intolerantes a aquellas personas,
entidades o gobiernos que en defensa de sus convicciones y valores,
rechazan a quienes pretenden imponer principios, creencias y gustos,
contrarios a sus inclinaciones naturales.

Son muchas las ocasiones en que los derechos de unos entran en
confrontación con los de otros, y esto no siempre sucede en asuntos
transcendentales como las creencias religiosas o los conceptos
ideológicos, ocurre también cuando la música del vecino se escapa de sus
paredes o cuando el estacionamiento está ocupado por un vehículo extraño.

Pero es interesante apreciar que la mayoría de las personas son más
propensas a confrontar esos abusos, que rechazar enérgicamente las
intromisiones intangibles que pueden alterar los fundamentos sobre los
cuales se desenvuelve su existencia.

Con frecuencia se reacciona enérgicamente ante situaciones de menor
cuantía, pero las más de las veces se es indiferente o negligente ante
circunstancias que pueden alterar de forma definitiva los conceptos más
fundamentales y la calidad de vida.

Cierto que la convivencia y el respeto empiezan por aceptar el espacio
físico y ético del otro, sin que ninguna de las partes atente contra la
otra individualidad, pero la realidad es que tampoco se debe aceptar la
imposición de normas y valores que no se comparten.

Es un derecho inalienable pensar y actuar de acuerdo a las propias
convicciones, siempre y cuando, parafraseando a Benito Juárez, se
respeten los derechos del prójimo.

La defensa de los valores y creencias no es en ningún modo intolerancia,
sin embargo la intransigencia si hace acto de presencia cuando un sector
pretende imponer una religión, pensamiento o tipo de conducta
determinada, a aquellos que no comparten sus convicciones o costumbres.

Lamentablemente muchas personas por actuar en el marco de lo que algunos
denominan políticamente correcto evitan o rechazan oponerse a lo que le
disgusta.

Callan o se abstienen, según el caso, sin percatarse que sus derechos
son marginados y la agresividad de la otra parte reduce cada vez más las
oportunidades de actuar en base a sus propias normas de conducta,
cultura o creencias religiosas.

Es un deber ser consecuente con las propias convicciones, aunque eso
genere críticas entre aquellos que piensan de manera diferente. Defender
los derechos, las opiniones que se tenga es obligación de todo ciudadano
aunque se encuentre sometido a un régimen autoritario, porque de no
hacerlo, su espacio vital será cada vez más reducido.

En las sociedades donde existe un control político estricto es muy
difícil disentir. Rechazar la intromisión del estado o sus
representantes en los aspectos en los que el individuo es soberano,
puede implicar represalias de parte de las autoridades, pero aun así se
debe hacer, porque las alternativas son perder la identidad y vivir en
una doble moral.

Defender la identidad no significa estar contra la diversidad u oponerse
a lo diferente, sino estar a favor de los valores que componen los
propios referentes existenciales y anteponerlos a los ajenos, lo que no
significa exclusión o veto de lo foráneo.

Los progresos en las comunicaciones y el transporte, la intensificación
del comercio mundial, o para ser más preciso, la globalización, son
condiciones que favorecen la relación entre lo “diferente”, pero también
los conflictos, por lo que los factores extremistas de cualesquiera de
las partes en contacto, tienden a promover situaciones que afectan la
estabilidad de una familia, de la comunidad nacional y hasta mundial.

Personalidades tan contrapuestas en cultura e ideologías como el
presidente de Rusia, Vladimir Putin y John Howard, quien fuera Primer
Ministro de Australia, coinciden en defender los valores y tradiciones
de sus respectivas naciones sin temor a críticas o demandas públicas.
Por ejemplo el mandatario ruso expresó, “todos los países deben tener
fortaleza militar, tecnológica y económica, pero no obstante lo
principal que determinara el éxito es la calidad de los ciudadanos, la
calidad de la sociedad, su fortaleza intelectual, espiritual y moral”.

Howard, dijo, “Aceptamos sus creencias y sin preguntar por qué. Todo lo
que pedimos es que Usted acepte las nuestras, y viva en armonía y
disfrute en paz con nosotros.”

Lo más constructivo es enfatizar las creencias y valores que conforman
la identidad personal o nacional, sin que eso signifique xenofobia. Por
otra parte también hay que estar dispuesto a asimilar lo exótico,
mientras sea provechoso y útil para los paradigmas sobre los que se
fundamenta la conducta y las aspiraciones del individuo y la sociedad a
la que pertenece.

Defender las propias convicciones e intereses no es victimizar a las
minorías, tampoco lo es rechazar el proselitismo que estas puedan
practicar, simplemente es el derecho de pensar y actuar libremente sin
temer a coacciones de cualquier género o procedencia.

Source: El derecho a decidir –
http://www.martinoticias.com/content/el-derecho-a-decidir/35607.html

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