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A 54 años de las Palabras a los Intelectuales

A 54 años de las Palabras a los Intelectuales
Luis Cino Álvarez
27 de junio de 2015

La Habana, Cuba – www.PayoLibre.com – Se cumplen 54 años de las
reuniones en la Biblioteca Nacional, los días 16, 23 y 30 de junio de
1961, a las que Fidel Castro convocó a los escritores y artistas para
bajarles los humos y ponerlos en su lugar luego del revuelo causado por
la prohibición del documental PM.

Palabras a los Intelectuales, como son conocidas aquellas reuniones, fue
un modo bien pomposo y con resonancias estalinistas-maoístas de definir
la escueta y cuartelaria ordenanza del Máximo Líder: “Dentro de la
revolución, todo; fuera de la revolución, nada.”

El Comandante fue lo suficientemente ambiguo para no precisar el límite
exacto entre lo que está adentro y lo que está fuera. Los comisarios se
encargarían celosamente de delimitarlo en cada caso particular, con
grueso creyón de censores y siempre con amplio margen a favor de la
paranoia del Jefe y sus jefecillos.

Así, más de medio siglo de aberradas “políticas culturales” han generado
un medio intelectual, donde más allá de ciertas poses contestatarias que
no van más allá de donde dice peligro y alguna tormenta en un vaso de
agua, impera, como en el resto de la sociedad cubana, el miedo, la
simulación y el doble discurso.

El castrismo, aunque los utilizó, nunca aceptó de buen grado a los
intelectuales. No podía perdonarles su pecado original: no ser lo
suficientemente revolucionarios, como dijera Che Guevara, un atorrante
bueno para nada que le tomó el gusto a matar en nombre de la revolución.

Cuentan que en las reuniones en la Biblioteca Nacional, aunque el
Comandante trataba de mostrarse afable y distendido, no lo conseguía.
Varias veces tuvo que ir a mear, siempre acompañado por alguien de su
entera confianza. Lucía inquieto, tan molesto como si estuviera rodeado
por sabandijas, que no por pequeñas e inofensivas, dejaban de ser molestas.

A muchos de los convocados a las reuniones, que ni por asomo esperaban
lo que les venía encima, todavía se les caía la baba por el Comandante
en Jefe. Solo que empezaban a comprender que nunca serían de su agrado y
muchísimo menos de su confianza.

El Comandante tenía por aquellos días que ocuparse de cosas mucho más
importantes que de disciplinar a un puñado de majaderos. Para meterlos
en cintura estaban sus comisarios. Así que para no demorarse en algo que
ya duraba demasiado para su gusto, con la pistola sobre la mesa, el
Máximo Líder impuso sin cortapisas las reglas del juego: lo del dentro y
fuera de la revolución.

Virgilio Piñera, que de tan nervioso se moría de las ganas de encender
un cigarro, pero no se atrevía a preguntar su habitual “¿puedo fumar?”,
ni aunque viera a Edmundo Desnoes y al propio Comandante exhalar como
locomotoras el humo de sus tabacos, confesó, en tono más amariconado del
habitual, que tenía mucho miedo. No dijo a qué ni por qué. No hacía
falta. Si todos los presentes ya empezaban a sentir el calor del infierno…

Virgilio Piñera, al confesar su miedo, fue sincero. Uno de los pocos
sinceros. Los demás intelectuales, los que no estaban todavía fascinados
por el Comandante y su Revolución, o desprevenidos y aturdidos, también
lo sentían, pero sólo atinaron a aplaudir. Y todavía hoy seguimos
pagando las consecuencias de aquellos aplausos.

luicino2012@gmail.com
Primavera Digital

Source: PayoLibre.com – Cuba – –
http://payolibre.com/articulos/articulos2.php?id=6266

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