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Fidel Castro y su miedo a la fe

Fidel Castro y su miedo a la fe
Castro no aceptaba otra deidad que no fuera él. Su nombre proviene de
Fidelis, “fiel, digno de fe”
lunes, septiembre 28, 2015 | Ernesto Pérez Chang

LA HABANA, Cuba.- Según declaró Su Eminencia Jaime Ortega y Alamino, en
una entrevista que le hiciera Amaury Pérez Vidal, la iglesia en Cuba
estaba “silenciosa” (y no silenciada) antes de la llegada del papa Juan
Pablo II a Cuba en 1998.

El término empleado por el cardenal encierra en sí una falsa voluntad
autoimpuesta que hace desaparecer de un plumazo toda la absoluta
responsabilidad que tuvo el Partido Comunista, encabezado por Fidel
Castro, en las persecuciones y proscripciones de las personas e
instituciones religiosas en la isla durante más de treinta años.

El caprichoso uso del idioma, así como los demás retozos verbales del
sacerdote en los momentos en que hizo alusión ?esquivando con fintas y
sin llamarlo por su verdadero nombre? al presidio político en Cuba,
molestaron a quienes advirtieron en su jerga “diplomática” no un acto de
olvido o perdón sino un guiño de complicidad con el gobierno cubano.

Muchos televidentes quedaron boquiabiertos cuando el cardenal se refirió
a la trascendencia del libro Fidel y la religión, aquel panfleto
periodístico, firmado por Frei Betto, con que, a mediados de los años
80, el gobierno trató de disfrazar de conciliatorio su discurso ateo y
radical que, en el panorama político de la región, lo hubiera alejado de
algunos aliados (dígase el Movimiento de Pastores por la Paz, en los
Estados Unidos, o el ascenso del sandinismo al poder, en Nicaragua) muy
necesarios en momentos en que el marxismo leninismo de los soviéticos
recibía la extremaunción.

En abril de este año, durante los “festejos oficiales” por el
aniversario 30 de la publicación de Fidel y la religión, otra autoridad
eclesiástica se refirió al libro. Esa vez fue el presidente del Consejo
de Iglesias de Cuba, el pastor Joel Ortega Dopico, quien se deshizo en
elogios acerca del volumen de entrevistas que hace apenas unos días el
Papa Francisco recibiera como obsequio, de manos del propio Fidel
Castro, durante la visita a la “residencia familiar” del ex mandatario
cubano.

Pareciera que los líderes religiosos de la isla se hubieran puesto de
acuerdo en la labor de saneamiento de la verdadera y dolorosa historia
de las relaciones entre el gobierno cubano y las religiones, un asunto
bien espinoso para el que será muy difícil invocar los poderes sanadores
del olvido.

Está muy reciente en la memoria de los cubanos, y en su día a día, los
desastres de la guerra que desatara el gobierno entre finales de los
años 60 y mediados de los 80 contra cualquier tipo de manifestación
religiosa, una ofensiva que prácticamente quedó establecida como ley,
primero en los acuerdos del Congreso de Educación y Cultura de 1971, y
más tarde en la Plataforma Programática del Partido Comunista nacida de
aquel fatídico cónclave de 1975, donde se determinó “no estimular,
apoyar o ayudar a ningún grupo religioso ni pedir nada de ellos”, y
donde los gobernantes dejaron bien claro que no compartían las creencias
religiosas ni las apoyaban.

Es en esa ominosa Plataforma Programática donde se introduce una
resolución que legaliza la represión, basada en las tesis leninistas
donde se define a la religión como “expresión de una conciencia alienada
y anticientífica que debe ser superada” y donde queda bien claro cómo
será el camino a transitar en la “construcción” de la “nueva sociedad”:
“la edificación del socialismo supondrá la superación de la religión”.

Tal como reza el capítulo dedicado a la política ideológica del programa
del Partido Comunista de 1975, este se esforzará “para difundir entre
las masas las concepciones científicas del materialismo dialéctico e
histórico y para liberarlas de los dogmas y prejuicios que las
religiones engendran”, una tarea que jamás fue abolida oficialmente y
que, en cambio, fue ratificada en el congreso del Partido Comunista de
1980, momento en el que aún a los creyentes les estaba prohibida la
asunción de funciones públicas, a pesar de que, hacia el exterior, el
discurso oficial proponía alianzas entre los cristianos de izquierda y
el marxismo, teniendo en cuenta las circunstancias políticas en países
como Chile, Nicaragua y El Salvador.

Ya desde mucho antes se había puesto en marcha el enfrentamiento a los
religiosos. Según el Anuario Pontificio de la Santa Sede (1980), de los
más de quinientos sacerdotes y de las casi dos mil religiosas que había
en Cuba a mediados de los años 40, para 1980 solo quedaban en la isla
unos 213 clérigos y 220 monjas a los cuales les estaba prohibido
establecer colegios, así como usar los medios de comunicación.

Tan despiadado fue el ataque contra los creyentes que el propio Fidel
Castro, en las entrevistas que concediera a Frei Betto en mayo de 1985,
tuvo que admitir la existencia de discriminación contra los cristianos,
aunque irónicamente la calificó de “sutil”: “Si me preguntan si existe
cierta forma de discriminación sutil con los cristianos, te digo que sí,
honestamente tengo que decirte que sí y que no es una cosa superada
todavía entre nosotros” (Fidel y la religión, La Habana, 1985, p. 249).

Durante los años 70 y 80 centenares de maestros y profesores de los
distintos niveles de enseñanza fueron obligados a abandonar las aulas
por el “delito” de confesar su fe o por ser descubiertos en algún tipo
de actividad religiosa, incluso por usar objetos como medallas o
crucifijos que pudieran insinuar el pecado mortal del “diversionismo
ideológico”.

En los barrios militares, como el Reparto Eléctrico, donde estaban
terminantemente prohibidas las manifestaciones religiosas, existían
“Comisiones de Vecinos” encargados de inspeccionar las viviendas para
asegurarse de que los inquilinos no ocultaban imágenes o prendas afines
con aquellas creencias consideradas un peligro en la formación del
“hombre nuevo”.

A los templos católicos se les prohibió hacer sonar las campanas, no
obstante se les pedía que las hicieran redoblar, como sistema de alarma
antiaérea, durante los ejercicios militares de Preparación para la
Defensa. Aún a principios de los años 90, recuerdo que el párroco de la
iglesia de Los Pinos, en el municipio de Arroyo Naranjo, sostenía
discusiones con las autoridades del gobierno que le reclamaban semejante
contribución a la Patria y el socialismo.

En estos últimos días, cuando tanto se ha hablado de reconciliación,
perdón y misericordia a algunos nos da la impresión de que en el fondo
existe un reclamo de olvido total, con lo cual crece el peligro de que
Cuba se convierta en el paraíso amnésico de los eternos retornos de esos
mismos errores que nos han conducido al desastre social en que vivimos
todos. Para construir ese futuro de prosperidad y paz que tanto pedimos
y anhelamos los cubanos de adentro y los de afuera, no se puede comenzar
ocultando o disfrazando las verdades.

Source: Fidel Castro y su miedo a la fe | Cubanet –
https://www.cubanet.org/destacados/fidel-castro-y-su-miedo-a-la-fe/

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