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Chistes cubanos para velorios célebres

Chistes cubanos para velorios célebres
Para Trump Fidel Castro no fue más que un “brutal dictador”, algo en lo
cual tiene razón, pero qué piensa de Luis Alberto Rodríguez
López-Callejas, si es que ese nombre le dice algo
Alejandro Armengol, Miami | 29/11/2016 9:38 am

Si en esta ocasión al exilio de Miami no le tocó poner el muerto, sí
quedó a su cargo la socorrida elaboración de chistes, el cacareo y demás
artilugios para hacer más pasadera la larga noche en vela. Y lo ha hecho
realmente bien.
Aquí no se intenta criticar la salidera a la acera, el gritar y bailar
en la calle, porque ese es uno de los tantos derechos —más o menos
pueriles— de la democracia. Tampoco de convertir en acto de reafirmación
patriótica el bailar salsa, algarabía convertida en ilusión cívica
cuando no hay nada mejor que argumentar.
En Miami los cubanos han puesto el baile, y dejado a Trump que les
resuelva el problema, me comentaba un amigo periodista. Nada nuevo por
otra parte. Que sea Donald Trump el presidente estadounidense que
finalmente quede asociado con el “fin del castrismo” no deja de encerrar
un destino acorde: “y ahí estará. Como dijo alguien, esa triste, infeliz
y larga isla estará ahí después del último indio y después del último
español y después del último africano y después del último americano y
después del último de los cubanos, sobreviviendo a todos los naufragios
y eternamente bañada por la corriente del golfo: bella y verde,
imperecedera, eterna”, a la espera de casinos y campos de golf —ajenos y
propios— para los cuales al parecer siempre fue destinada, desde que
surgió de las aguas: víctima y señora de lo fortuito y espurio: dueña y
esclava de un mandato irreversible, no por la historia sino por la
geografía.
Nadie mejor que Trump para ese destino. Aunque hay que asumirlo con
desparpajo y sin solemnidad. Y aquí es donde el exilio de Miami se
disfraza para adquirir su definición mejor, solo que oculta tras un
manto piadoso donde la perdición se convierte en fantoche del santo
reproche, en asedio de bisutería, y el desengaño adquiere carta de
nacionalidad. Entonces la tragedia de una isla, en que siempre ha
imperado la violencia, se transforma en algarabía y todo lo político
—que aspira a la historia y a trascender lo cotidiano trastornado en
eternidad— se reduce a ruido.
“Muerte de Castro energiza al exilio cubano”, titula el periódico local.
Pero ese vigor y vehemencia descubre más un anhelo que una realidad. “El
exilio ha sobrevivido a Castro”, y lo pueril de la frase, repetida en
las redes sociales, evidencia el error de considerar al exilio un fin en
sí mismo: la existencia de una exclusión transformada en una perpetuidad
asumida en razón de virtud y no como condena.
Lo que se justifica desde el punto de vista ético salta al terreno
político y se apropia de la biología para reclamar una victoria que no
le pertenece; obvia el final tranquilo del guerrero para exigir un
triunfo; gracias a una sorpresiva noticia a media noche, luego de un día
gastado en compras.
Aunque desde el punto de vista emocional existen otros motivos para el
bullicio que ese exilio llamado “vertical” o “histórico” —en última
instancia el único que realmente sigue monopolizando la definición— hace
suyo.
No importa que muchos de los que han bailado en las calles de Miami
tengan pocos motivos para reclamar la motivación del “dolor del exilio”.
Porque es probable que por circunstancias y edad dicho dolor les resulte
ajeno y hasta hace poco o algo más participaron en actos de repudio en
Cuba, y no fueron indiferentes —quizá no pudieron ser indiferentes— a
una definición que seguramente ahora justificarán a través de la
represión, pero que siempre les dejó abierta la puerta a una
indiferencia —ese “yo no coopero’, consigna del exilio que jamás ha
arraigado en la Isla— que hasta este momento, y nada indica que no será
así en el futuro, se echa a un lado en favor de la espera, ya sea en la
forma del providencial viaje de visita o salida, o cualquier otra
solución que llegue desde el exterior.
Y así han renacido dos esperanzas en ese exilio: el levantamiento
popular en Cuba y la feliz coincidencia —para ellos— de un nuevo
presidente en Estados Unidos. Ambos distantes, pero asumidos como
propios. Se celebra la desaparición física de Fidel Castro, pero también
el fin del Gobierno de Barack Obama.
Sobre la esperanza primera solo cabe destacar un olvido inconveniente.
La muerte del mayor de los Castro llega tras ocurrido un proceso de
sucesión que, en su momento, ese mismo exilio dijo que “no iba a
permitir”, y que otra administración estadounidense —de afinidad
demostrada y no simple conjetura como la de Trump— no hizo nada por
obstaculizar.
Respecto a la segunda solo cabe añadir que responde a esa eterna fe
gratuita, tan arraigada en el exilio, en el deus ex machina. Los cubanos
de Miami no son griegos, pero lo parecen. Ahora Trump es el nuevo dios
al que se rinden embelesados desde excomunistas, y recalcitrantes de
recia extirpe, hasta recién llegados en busca de un caudillo que
sustituya al que dejaron detrás.
Trump prometió revertir las medidas adoptadas por el presidente Obama si
el Gobierno de Cuba no ofrece “un mejor acuerdo”. Así de sencillo. Y
ello ha bastado para los gritos de júbilo. No importa que dicha
declaración —emitida por un presidente electo, pero aún no en funciones—
se limite a repetir promesas de campaña. Tampoco importa mucho el
historial de alguien que hoy dice una cosa y mañana otra. Lo dijo Trump
y basta.
“Si Cuba no está dispuesta a hacer un mejor acuerdo para el pueblo
cubano, el pueblo cubanoamericano y Estados Unidos, voy a terminar el
acuerdo”, escribió Trump en su cuenta de Twitter.
Ahora Trump es el garante del futuro cubano y los llamados “líderes del
exilio” están contentos con ello. ¿Y cuál es el “pueblo
cubanoamericano”?, ¿todos los pertenecientes a la comunidad cubana —en
Miami y otros lugares de Estados Unidos— o los que votaron por él?
Más apegada a la realidad fue otra declaración, del futuro jefe de
gabinete, Reince Priebus, quien dijo el domingo que Trump aguardará a
ver “algunos movimientos” del Gobierno cubano en cuanto a las libertades
en la Isla para decidir cómo será su relación y, de no haberlos,
revertirá el acercamiento entre ambas naciones iniciado en diciembre de
2014. Esta opción, no difícil de vaticinar, fue una posibilidad ya
descrita en CUBAENCUENTRO.
Puede argumentarse que ambas declaraciones dicen lo mismo, pero no son
iguales. Priebus marca una distancia, una espera, que supera el
entusiasmo temprano. Y en “algunos movimientos” caben tanto esperanzas
como incógnitas, y no hay definiciones extremas.
Sin embargo, ha bastado que Trump llamara a Castro “brutal dictador” y
que el vicepresidente electo, Mike Pence, se refiriera al “tirano
Castro” y lo que es más: incluso escribiera, ¡en español!, la frase
“Viva Cuba Libre”, para que el optimismo reine entre los que en Miami
siguen empeñados en que EEUU resuelva sus supuestos problemas.
Lo que pasa con las frases de Trump y Pence es que no dejan de ser
declaraciones para la galería, o si se quiere para los que fueron sus
electores, aunque no sus electores decisivos.
En realidad, no hay acuerdo alguno entre Washington y La Habana, y el
cambio en la política estadounidense depende de factores diversos. No
hay nada que indique que, de pronto Trump va a convertirse en defensor
de la libertad, la democracia y los derechos humanos en Cuba o en
cualquier parte del mundo, porque esa nunca ha sido su vocación y en su
historial no hay tampoco acción o declaración alguna que indique este
objetivo. Aunque no por ello hay que descartarlo de entrada. Solo que
dicho escenario no está libre de aspectos que, al parecer, Trump
desconoce o no toma en cuenta.
El primero de ellos es que saber si el nuevo presidente está dispuesto a
crear un clima de inseguridad —y la posibilidad de una situación
caótica— a noventa millas del territorio estadounidense, algo que
anteriores presidentes —tanto republicanos como demócratas— han
rechazado de plano y los ha obligado a mantener la cautela, como hizo
George W. Bush cuando se inició la sucesión en la Isla.
Luego que esa especie de “renacimiento” del exilio “histórico” pasa por
alto la actual realidad cubana.
Si algo se ha demostrado en los últimos días es la distancia entre Miami
y La Habana, al menos en lo que respecta a esos “líderes del exilio”, y
algunos disidentes que dependen del financiamiento estadounidense.
Incluso esa disidencia ha optado, en estos momentos, por la prudencia,
en una actitud que reproduce lo ocurrido durante el anuncio de la
trasmisión “temporal” de Fidel Castro a su hermano.
Pero lo fundamental es el continuo aferrarse a la ilusión de un Castro,
el de entonces, que ya no era el mismo, y ahora está muerto.
Ni la Cuba actual es la Fidel Castro hace más de diez años, ni el hecho
de que Miami continúe siendo la ciudad más fidelista del mundo —y hasta
el momento la única referencia de Trump respecto al caso cubano—
determina, como un absoluto, el futuro de Cuba.
Algo que, por supuesto, no es suficiente en Miami, para abolir la
ilusión de una Trump Tower en Cuba.
Lo que falta por ver es qué papel tendrá en tal edificación GAESA. Y si
de pronto Trump no descubre que Luis Alberto Rodríguez López-Callejas no
es más que, simplemente, su hombre en La Habana. Claro que entonces, la
pregunta pertinente es si Raúl les dejará a ambos ese papel. Y eso es lo
que realmente queda, para después del velorio y los chistes.

Source: Chistes cubanos para velorios célebres – Artículos – Opinión –
Cuba Encuentro –
www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/chistes-cubanos-para-velorios-celebres-327838

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