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El castrismo en la era Trump

El castrismo en la era Trump
MIGUEL SALES | Málaga | 14 de Noviembre de 2016 – 07:52 CET.

La victoria sorpresiva e incontestable de Donald Trump en las elecciones
presidenciales del 8 de noviembre ha roto los esquemas de mucha gente.
En particular, de quienes estaban seguros de que habría cuatro años más
—o incluso ocho— de dominio demócrata en la Casa Blanca.

El Gobierno de Cuba ha sido uno de los que se ha quedado descolocado con
el resultado de la votación. También allí hacían cábalas sobre la
continuidad de la distensión iniciada por el presidente Obama, el
posible levantamiento del embargo comercial y el eventual acceso al
Fondo Monetario y el Banco Mundial. A la vista de los descalabros
sufridos por la izquierda antiyanki en Argentina y Brasil, y de las
sombrías perspectivas del castrochavismo en Venezuela, la continuidad y
ampliación de las concesiones unilaterales que venía otorgando
Washington al régimen de La Habana adquirían cada vez más importancia.

No se sabe con precisión cuál será la política del presidente electo con
respecto a Cuba. Entre otras cosas, porque habida cuenta del cúmulo de
problemas internacionales que EEUU afronta en la actualidad, la Isla
debe de ocupar el puesto 189 en la lista de prioridades, entre la
escasez de vacunas en Malawi y el agujero de la capa de ozono. En todo
caso, cabe suponer que, llegado el momento de examinar el asunto, el
nuevo Gobierno no se limitará a prolongar la política de regalos sin
contrapartida que ha venido aplicando el gabinete demócrata, aunque
quizá tampoco le interese interrumpirla totalmente.

Para marcar la diferencia con su antecesor, Trump probablemente elegirá
una solución intermedia, es decir, no la vuelta al statu quo ante, sino
una estrategia de ofrecer nuevas concesiones a cambio de medidas
concretas de liberalización por la parte cubana, tanto en el ámbito
económico como en materia de política y derechos humanos. El viejo
método del palo y la zanahoria, que hasta ahora Obama, magnánimo en
verduras y un tanto alérgico al uso del garrote, había aplicado a
medias. Trump, en cambio, parece más devoto de Teddy Roosevelt que de la
Madre Teresa de Calcuta.

Tras dos años de concesiones unilaterales, la estrategia negociadora de
los jerarcas de La Habana ha quedado de manifiesto: aprovechar todo lo
que Washington quiera darles y, a cambio, otorgar algunas medidas de
liberalización simbólicas, casi todas limitadas al sector económico. A
partir del 20 de enero próximo, los términos del intercambio seguramente
se modificarán y comenzará un auténtico toma y daca, mucho más incómodo
para el tardocastrismo. No solo porque podría variar el grado de
exigencia de EEUU, sino porque a partir de ahora y al menos durante dos
años los republicanos dominarán la presidencia y las dos cámaras del
Congreso lo que, en ausencia de reciprocidad por parte de Cuba, hace
menos probable la atenuación del semiembargo comercial.

Pero, al margen de las medidas dirigidas específicamente a La Habana que
el Gobierno republicano podría (o no) adoptar, Trump parece decidido a
tomar cartas en otros asuntos más generales, que también podrían
acarrear repercusiones considerables para la Isla. El más importante de
todos es la política migratoria.

Cualquier decisión del nuevo Gobierno que restrinja la entrada de
cubanos o suprima sus privilegios migratorios, afectará al negocio
castrista de exportación de mano de obra dócil y chantajeable, que
genera remesas y nutre el turismo de la Isla. En el último decenio, el
régimen cubano ha permitido la salida de más de medio millón de
emigrantes, en su mayoría personas en edad laboral que han dejado atrás
a miembros de su familia. Para el Gobierno de La Habana, esos “migrantes
económicos” son una fuente inagotable de ingresos, mediante las remesas
que al poco tiempo comienzan a enviar a los parientes que quedaron en
Cuba —genuinos rehenes del sistema— y las visitas turísticas “de la
comunidad cubana en el exterior”, según la orwelliana denominación
oficial. Y como esos viajes dependen de la benevolencia de las
autoridades cubanas que otorgan los visados de regreso, los nuevos
emigrantes no suelen asumir posturas críticas hacia el sistema que los
explota ni participar en actividades políticas que puedan irritar a los
jerarcas del partido único.

Además, este esquema de migración subordinada a los designios del
régimen sirve de válvula de escape al descontento que la política
castrista genera entre los súbditos más jóvenes. Cuando la disyuntiva
consiste en oponerse al Gobierno o emigrar, la inmensa mayoría opta por
salir del país. Y muchos de ellos, a pesar de no sentir ninguna simpatía
por el comunismo, terminan luego atrapados en el ciclo de
remesas-visitas-silencio.

La reforma migratoria de Trump podría causar también otras víctimas
colaterales. Bajo el manto del “intercambio cultural” numerosos corifeos
del castrismo acuden a EEUU a desplegar su talento artístico o buscarse
la pitanza en las universidades que les extienden jugosos contratos.
Aunque menos provechosas desde el punto de vista económico, estas
salidas constituyen una actividad propagandística a la que las
autoridades cubanas atribuyen gran importancia y que les permite
recompensar indirectamente a músicos, bailarines, actores e
intelectuales orgánicos que permanecen fieles al régimen.

Ninguno de estos cambios, por sí solo, va a generar presión suficiente
para que Raúl Castro y sus generales octogenarios salgan de su enroque y
acepten la necesidad de realizar modificaciones sustanciales en la
estructura que acogota a la sociedad cubana. Pero todos juntos, unidos a
la senectud de la dirigencia “revolucionaria” y al agotamiento de la
ideología comunista en el mundo entero, bien podrían obrar en favor de
una apertura de sentido democrático. En nuestra época, el cambio social
siempre ha sobrevenido como consecuencia del cambio de mentalidad, nunca
antes.

La creencia de que la humanidad evoluciona en sentido unívoco y que los
“progres” tienen la clave de ese desarrollo no es más que una de las
tantas supersticiones de la modernidad. Los votantes estadounidenses
demostraron el martes que es un grave error dejarle al adversario la
certidumbre de una complicidad con la Historia. Los cubanos deberíamos
tomar nota.

Source: El castrismo en la era Trump | Diario de Cuba –
www.diariodecuba.com/cuba/1479086199_26704.html

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