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Fidel Castro, una reliquia pueblerina

Fidel Castro, una reliquia pueblerina
MAYKEL GONZÁLEZ VIVERO | Sagua la Grande | 30 de Noviembre de 2016 –
03:30 CET.

Hasta las localidades más remotas de Cuba ha llegado el funeral de Fidel
Castro. En cada pueblo hay un estrado con la mochila de la Sierra
Maestra, un póster de la Revolución hecha juramento, una guardia de
honor y una guardia efectiva de policías uniformados o casualmente de
traje civil, atentos a cualquier exceso de espontaneidad. El patriarca
de la Guerra Fría se despide bajo custodia, de cuerpo ausente, sobre un
jardín de flores armadas, tras un seto de picas.

Incluso los consejos populares, esas demarcaciones mínimas, han
instalado sus pequeños altares. Sin el homenaje de las escasas flores,
estos últimos relicarios no prescinden de custodia. Cuba recibió la
orden de plañir finalmente, y se espera que llore con deseos, estimulada
por el aguijón de las bayonetas. Los sucesores no confían en el pueblo
cubano que fue arcilla en las manos del ilustre difunto. Les parece
deleznable: es decir, barro que se deshace. La orden de plañir se emitió
con reglas: hasta las diez de la noche, al pie del estrado, sin mirar atrás.

“Puedes fotografiar solo de este lado”, advierte un policía de traje
casual. El salón tiene los dos rostros del dios Jano: el estrado del
homenaje mira al pasado; frente a los espejos prohibidos, donde la
Seguridad del Estado vigila la cola de dolientes, empieza el futuro. Ha
muerto Fidel Castro, pero la nación policial vive. Y acaso consolide su
vocación ahora que el Gran Policía ha roto su bastón de rondas.

En Caguaguas, un pueblo rural del norte de Villa Clara, el duelo se
reduce a un policía inofensivo, sentado frente al álbum de las firmas.
“Todo ha transcurrido en orden”, comenta, “vinieron los centros de
trabajo, las escuelas”.

Como cada movilización política permitida a los cubanos, el funeral
transcurre según un programa rígido: ahora los estudiantes, luego los
médicos, más tarde los obreros; ahora los niños, luego los viejos, más
tarde los jóvenes.

Todos firman que la Revolución es sentido del momento histórico, cambiar
todo lo que debe ser cambiado, igualdad y libertad plenas, etc., aquello
que el patriarca improvisó y millones han jurado cumplir solo si es
subtexto. El concepto en sí mismo no vale nada y a nadie se le ocurriría
luchar por él. Cobra sentido solo cuando se aplica a un escenario, a un
modelo mental. A la obediencia que te sugiere firmar y leer luego, como
la gente de Quemado de Güines: “Firmado está, ya lo leeré”. Los pueblos,
como se ve, resultan tan provincianos como La Habana. Y por momentos se
hacen más provincianos, para imitar mejor a La Habana.

El kitsch del juramento no leído, sin embargo, contiene segmentación.
Como si a los administradores sobrevivientes les fuera la vida en
mantener algo distantes a los cubanos que viven donde quieren, de los
cubanos forzados a la insularidad. “Si usted es cubano residente en el
extranjero, le dejamos firmar las condolencias, pero no el juramento”.

Fuera de los funerales, los pueblos no tienen ni dónde emborracharse de
desesperación. Los pocos bares se enlutaron como dictan las normas del
duelo. En casa alguno bebe la cerveza que congeló hace semanas,
despacio, para que dure. Cada tienda comunicó antier la ley seca: “No se
venden bebidas alcohólicas. Duelo nacional”.

El funeral transcurre con cierta ternura. Tanto joven se ha ido que esa
rotunda muchedumbre de los parques, los viejos, piensa en Fidel como
metáfora de su juventud, piensa en la década de 1960 como la última
década optimista del mundo, piensa en Estados Unidos como el amado y
necesario enemigo que Obama les quitó y Trump les ha devuelto junto con
la muerte del viejísimo líder, piensa un poco nada más, se rinde a la
emoción de lo perdido, y siente, solo por un momento, que podría llorar.

Source: Fidel Castro, una reliquia pueblerina | Diario de Cuba –
www.diariodecuba.com/cuba/1480504381_27080.html

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