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La historia no lo absolverá

La historia no lo absolverá
Fidel Castro padecía, entre muchos males, de una fatal y absoluta arrogancia
Sábado, noviembre 26, 2016 | Carlos Alberto Montaner

MIAMI, Estados Unidos.- Fidel Castro ha muerto. ¿Qué leyenda de 10
palabras hay que poner en su lápida? “Aquí yacen los restos de un
infatigable revolucionario-internacionalista nacido en Cuba”. Me niego a
repetir los detalles conocidos de su biografía. Pueden leerse en
cualquier parte. Me parece más interesante responder cuatro preguntas clave.

¿Qué rasgos psicológicos le dieron forma y sentido a su vida, motivando
su conducta de conquistador revolucionario, cruce caribeño entre
Napoleón y Lenin?

Era inteligente, pero más estratega que teórico. Más hombre de acción
que de pensamiento. Quería acabar con el colonialismo y con las
democracias, sustituyéndolas por dictaduras estalinistas. Fue
perseverante. Voluntarioso. Audaz. Bien informado. Memorioso.
Intolerante. Inflexible. Mesiánico. Paranoide. Violento. Manipulador.
Competitivo al extremo de convertir el enfrentamiento con Estados Unidos
en su leitmotiv. Narcisista, lo que incluye histrionismo, falta total de
empatía, elementos paranoides, mendacidad, grandiosidad, locuacidad
incontenible, incapacidad para admitir errores o aceptar frustraciones,
junto a una necesidad patológica de ser admirado, temido o respetado,
expresiones de la pleitesía transformadas en alimentos de los que se
nutría su insaciable ego. Padecía, además, de una fatal y absoluta
arrogancia. Lo sabía todo sobre todo. Prescribía y proscribía a su
antojo. Impulsaba las más delirantes iniciativas, desde el desarrollo de
vacas enanas caseras hasta la siembra abrumadora de moringa, un
milagroso vegetal. Era un cubano extraordinariamente emprendedor. El
único permitido en el país.

¿Cómo era el mundo en que se formó?

Revolución y violencia en su estado puro. Fidel creció en un universo
convulso, estremecido por el internacionalismo, que no tomaba en cuenta
las instituciones ni la ley. Su infancia (n. 1926) tuvo como telón de
fondo las bombas, la represión y la caída del dictador cubano Gerardo
Machado (1933). Poco después, le llegaron los ecos de la Guerra Civil
española (1936-1939), episodio que sacudió a los cubanos, especialmente
a alguien como él, hijo de gallego. La adolescencia, internado en un
colegio jesuita dirigido por curas españoles, fue paralela a la Segunda
Guerra Mundial (1940-1945). El joven Fidel, buen atleta, buen
estudiante, seguía ilusionado en un mapa europeo las victorias alemanas.
El universitario (1945-1950) vivió y participó en las luchas a tiros de
los pistoleros habaneros. Fue un gangstercillo. Hirió a tiros a
compañeros de aula desprevenidos. Tal vez mató a alguno. Participó en
frustradas aventuras guerreras internacionalistas. Se enroló en una
expedición (Cayo Confites, 1947) para derrocar al dominicano Trujillo.
Era la época de la aventurera “Legión del Caribe”. Durante el bogotazo
(1948), en Colombia, trató de sublevar a una comisaría de policías. Los
cubanos no tenían conciencia de que el suyo era un país pequeño y
subdesarrollado. Como “Llave de las Indias” y plataforma de España en el
Nuevo Mundo, los cubanos no conocían sus propios límites. Esa impronta
resultaría imborrable el resto de su vida. Sería, para siempre, un
impetuoso conspirador dispuesto a cambiar el mundo a tiros. No en balde,
cuando llegó a la mayoría de edad se cambió su segundo nombre, Hipólito,
por el de Alejandro.

¿En qué creía?

Fidel aseguró que se convirtió en marxista-leninista en la universidad.
Probablemente. Es la edad y el sitio para esos ritos de paso. El
marxismo-leninismo es un disparate perfecto para explicarlo todo. Es la
pomada china de las ideologías. Fidel tomó un cursillo elemental. Le
bastaba. Le impresionó mucho ¿Qué hacer?, el librito de Lenin. Incluso
los escritos de Benito Mussolini y de José Antonio Primo de Rivera. No
hay grandes contradicciones entre fascismo y comunismo. Por eso Stalin y
Hitler, llegado el momento, cogiditos de mano, pactaron el desguace de
Polonia. Los comunistas cubanos, como todos, eran antiyanquis y estaban
convencidos de que los problemas del país derivaban del régimen de
propiedad y de la explotación imperialista auxiliada por los lacayos
locales. Fidel se lo creyó. Sus padrinos ideológicos fueron otros
jóvenes comunistas: Flavio Bravo y Alfredo Guevara. Fidel no militó
públicamente en el pequeño Partido Socialista Popular (comunista), pero
su hermano Raúl, apéndice obediente, sí lo hizo. Allí se quedó en prenda
hasta el ataque al cuartel Moncada (1953). Fidel se reservó para el
Partido Ortodoxo, una formación socialdemócrata con opciones reales de
llegar al poder que lo postuló para congresista. Batista dio un golpe
(1952) y Fidel se reinventó para siempre, con barba y uniforme verde
oliva encaramado en una montaña. Era su oportunidad. Había nacido el
Comandante. El Máximo Líder. Sólo se quitó el disfraz cuando lo
sustituyó por un extravagante mameluco deportivo marca Adidas.

¿Cuál es el balance de su gestión?

Desastroso. Les prometió libertades a los cubanos, los traicionó y calcó
el modelo soviético de gobierno. Acabó con uno de los países más
prósperos de América Latina y diezmó y dispersó a la clase empresarial,
pulverizando el aparato productivo. Tres generaciones de cubanos no han
conocido otros gobernantes durante cincuenta y tantos años de partido
único y terror. Extendió la educación pública y la salud, pero ese dato
lo incrimina aún más. Confirma el fracaso de un sistema con mucha gente
educada y saludable incapaz de producir, hambrienta y entristecida por
no poder vivir siquiera como clase media, lo que los precipita a las
balsas. Fusiló a miles de adversarios. Mantuvo en las cárceles a decenas
de miles de presos políticos durante muchos años. Persiguió y acosó a
los homosexuales, a los cultivadores del jazz o el rock, a los jóvenes
de pelo largo, a quienes escuchaban emisoras extranjeras o leían libros
prohibidos. Impuso un macho feroz y rural como estereotipo
revolucionario. El 20% de la sociedad acabó exiliada. Creó una sociedad
coral dedicada públicamente a las alabanzas del Jefe y de su régimen.
Por su enfermiza búsqueda de protagonismo, miles de soldados cubanos
resultaron muertos en guerras y guerrillas extranjeras dedicadas a crear
paraísos estalinistas o a destruir democracias como la uruguaya, la
venezolana o la peruana de los años sesenta. Carecía de escrúpulos
políticos. Se alió a Corea del Norte y a la teocracia iraní. Apoyó la
invasión soviética a Checoslovaquia. Defendió a los gorilas argentinos
en los foros internacionales. El 90% de su tiempo lo dedicó a jugar a la
revolución planetaria. Deja un país mucho peor del que lo recibió como a
un héroe. La historia lo condenará. Es cuestión de tiempo.

Source: La historia no lo absolverá | Cubanet –
www.cubanet.org/destacados/la-historia-no-lo-absolvera/

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