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Delfín, Santa, Andrés y nosotros

Delfín, Santa, Andrés y nosotros
NORGE ESPINOSA MENDOZA | La Habana | 6 de Diciembre de 2016 – 14:03 CET.

Cuando me confirmaron que el segundo largometraje de Carlos Lechuga
Santa y Andrés no estaría programado durante la venidera edición del
Festival Internacional de Cine de La Habana, mi primer pensamiento no
fue para ese joven director, sino para Delfín Prats.

La vida del notable poeta holguinero, ganador del Premio David de 1968
con su poemario Lenguaje de mudos, sirvió de inspiración para este
filme. Aquel libro, a pesar del galardón, nunca llegó a las librerías:
se consideró que sus textos mostraban un costado decadente de la vida
cubana del momento, en particular la vida nocturna de algunos jóvenes en
La Habana, y salvo algunos ejemplares salvados por puro milagro, toda la
edición se convirtió en pulpa.

A casi 50 años de aquellos acontecimientos, Santa y Andrés propone una
suerte de rehabilitación, a toda pantalla, de quienes como Delfín
pagaron con silencio y prisión el precio de lo que les dejó expresar el
talento. No fue el único que sobrevivió a todo ello y que guarda aún
consigo ecos del trauma que tal cosa les provocó. Pero entre todos, ese
sobreviviente que fuera lentamente recuperado a partir de la edición de
Para festejar el ascenso de Ícaro, en 1984, permanece aquí y ha dejado,
mediante entrevistas y apariciones en documentales, un recuerdo pesaroso
de todo ello, al tiempo que se aferra a seguir pensándose como un
escritor que pervive en los márgenes.

Quien recuerde los minutos finales de Conducta Impropia, encontrará allí
a René Ariza: poeta, narrador y dramaturgo que en 1967 ganó con La
vuelta a la manzana el Premio de Teatro José Antonio Ramos de la UNEAC,
un año antes de que Antón Arrufat obtuviera ese lauro con su ya mítica
reinvención de Los siete contra Tebas. Tras varios de prisión, Ariza
logró salir hacia Miami, y es su voz y su mirada perdida la que cierra
el polémico documental de Néstor Almendros y Orlando Jiménez Leal. Salvo
esa obra que menciono, nada suyo publicaron las editoriales cubanas. La
parametración, que se impuso a partir del I Congreso de Educación y
Cultura en 1971, borró su nombre de los escenarios y las editoriales.

En ese documental, y otros como Havana, de Jana Bokova, se deja ver
Reinaldo Arenas, el narrador más extraordinario de su generación. Y en
Seres extravagantes, de Manuel Zayas, el propio Delfín narra sus
avatares, lidiando con los recuerdos tanto como con los tics y temblores
que esas memorias le infligen a su cuerpo. Lo que narran ellos en esos y
otros instantes es la manera en que han logrado sobrevivir, mal que
bien, a la realidad que intentó pulverizarlos, que les arrebató
públicos, lectores y audiencias, que les impuso como castigo la
invisibilidad que el poder puede hacer sentir a los intelectuales,
artistas y ciudadanos que no se repliegan a lo dictado por ese mismo orden.

En ellos se inspiró el filme Santa y Andrés, ahora también
invisibilizado, que obtuvo el año pasado el Premio Coral al Mejor Guion
Inédito. La rabia y el deseo de venganza de Arenas, la pupila delirante
de Ariza, el desasosiego de Prats, son también parte de nuestra
historia, nuestra memoria y nuestra cultura, consecuencias de hechos
innegables, que ellos hicieron pervivir mientras les han acompañado las
fuerzas. José Mario, Jorge Ronet, Guillermo Rosales, Lina de Feria: la
lista podría continuar, pero no siempre están a la mano de nuevos
espectadores y lectores en la Isla esos testimonios, a fin de que
coloquemos esos nombres debidamente en el lugar donde aparecen como
espacios en blanco. O en negro.

En el filme de Lechuga un escritor caído en desgracia es vigilado por
una mujer, que se sienta ante la puerta de su casa para controlar cada
uno de sus actos. Como en la célebre anécdota de Borges, quien tuvo un
espía comandado por el gobierno peronista para seguir sus pasos, Andrés
y Santa terminarán también hallando una manera de dialogar, a pesar de
sus muy diversos criterios sobre lo que viven y cómo lo viven. Imaginar
que personajes tan distintos, tan opuestos, hallen un espacio común,
parece ser el pecado original de la película: algo que también operó
contra Fresa y Chocolate, retardando su presencia en las pantallas de la
televisión cubana por más de una década.

La visión extrema que opera aún en la mentalidad de algunos funcionarios
y burócratas prefiere imaginar que entre el escritor, el artista y sus
vigilantes no puede haber conversación alguna: que el mecanismo de
silencio que se le impone a ese irreverente es tan eficaz como para que
ninguna palabra pueda ayudarle a explicar el porqué de sus desacatos.
Que el escritor del filme sea, además, homosexual pone otra piedra
contra su nombre, en un país que aún no ha reorganizado debidamente sus
memorias acerca de la represión contra gays y lesbianas, convertidos en
peligro político según la imagen de la Cuba post59, en la que no solo se
les tildó de enfermos o habituales chistes de relleno sino que, además,
se les redujo o acalló en tanto problema político, conduciendo a no
pocos a los campos de trabajo forzado de las UMAP.

Ese recelo pervivió y pervive, como se demostró durante los actos de
repudio del Mariel, y retornará de otras formas mientras no se
transparenten esos hechos, mientras la historia no nos pertenezca desde
esa perspectiva que organice con equilibrio todos los contrastes que han
sido el devenir de la nación, para bien y para mal, y también las
pequeñas biografías puedan ser imágenes en esos repasos demasiado
triunfalistas o absolutos.

Tal vez a ello podría ayudarnos Santa y Andrés. Pero no lo sabremos del
todo hasta que, con sus virtudes y defectos, pueda ser vista como una
obra cinematográfica dentro de la línea crítica que ha sido uno de los
puntales de nuestras mejores piezas para la pantalla. Hablar de este
filme, intentar su defensa y reclamar que se exhiba en el espacio
correcto, es una maniobra ardua cuando se sabe que pocos han podido verlo.

Lechuga resultó ganador del XI Premio SGAE de Guión Julio Alejandro, el
galardón para guionistas más importante en Iberoamérica y España,
entregado dentro de la gala de clausura del XL Festival de Cine
Iberoamericano de Huelva.

No parece haber servido de mucho el premio que mereciera el guion, ni el
paso por festivales internacionales, como el de Toronto y San Sebastián.
La directiva del ICAIC, tratando de hacer el juego del parche, consultó
a un grupo de cineastas sobre el largometraje. La aprobación de los
colegas de Lechuga no bastó, y otras voces superiores declararon que no
sería añadido a la programación del Festival: el evento más privilegiado
del audiovisual en nuestro país y que, de vez en vez, ha tenido
sacudidas como estas.

Recordemos que a pesar de haber aparecido en el catálogo de aquella
convocatoria pasada, Regreso a Ítaca, filme de Laurent Cantet sobre
novela de Leonardo Padura, sufrió lo mismo. Y otros ejemplos nos
demuestran que no siempre es la comisión de selección quien otorga la
aprobación final a la muestra de cada diciembre.

En la nota publicada por Alejandro Ríos en El Nuevo Herald, es el
Festival y su director quien recibe los peores golpes. Sospecho que al
crítico no se le debió escapar que ahí deben haber intervenido otros
nombres y entidades, mucho más poderosas que la directiva del evento,
para lograr lo único que podemos contar ahora acerca de Santa y Andrés:
esta decepción, este volver sobre los mismos temores y traumas, que la
invisibilidad impuesta al nuevo filme nos hace sentir otra vez.

Claro que, por su importancia y por el espacio ganado durante casi
cuatro décadas de ediciones, es al Festival a quien le toca dar la cara.
Pero no hay que ser ingenuos al respecto, y valdría elevar esas mismas
preguntas a otros decisores, al parecer muy preocupados por cómo
nuestros jóvenes artistas revisan estas y otras historias, ausentes en
la memoria y la órbita del cine cubano, cada vez más alejados de la
institución y apelando a patrocinios y fondos independientes para seguir
produciendo obras provocativas.

Ese es el dardo oculto tras las acusaciones de un fantasmal redactor,
que poco antes de que se supiera la decisión final sobre Santa y Andrés
ya atacaba al filme desde algún sitio web. Esas voces, esos tonos, esa
recriminación lanzada contra el artista que se sale de los márgenes, ya
ha sido escuchada: es un eco de Leopoldo Ávila, aquel no menos espectral
señor que desde las páginas de Verde Olivo atacaba a Piñera, Lezama,
Pepe Triana, Arrufat y Heberto Padilla. Una secuencia de tales andanadas
puede ser trazada sin demasiada dificultad, en un ejercicio de falsa
polémica a través del cual los que se esconden bajos esos seudónimos
pretenden mantener al pueblo y al espectador cubano a salvo de ciertas
revisiones que, según lo que nos dicen, únicamente ofrecen armas a los
enemigos de la Revolución.

El proyecto de Ley de Cine, el director Juan Carlos Cremata o un estreno
anunciado de Teatro El Público han sido víctimas recientes de esas
estrategias que no dudan en poner en solfa la obra de creadores
reconocidos, sin que existan muchos espacios desde los cuales los
atacados puedan dejar en claro sus posiciones y respuestas, más allá de
algunas plataformas en la internet que, como bien se sabe, no están tan
al alcance de la mayoría como las páginas del Granma.

¿Qué hacer?

En todo esto, la pregunta que me agobia es aún más grave: entonces, ¿qué
hacer? ¿Cómo operar a fin de expresar nuestro desacuerdo, nuestra
opinión, nuestra posición al respecto, que pareciera reducida, más allá
de unas pocas palabras, a ver con impotencia cómo no se nos invita al
debate, no se nos deja ser parte de algo que no se reduce a la censura o
no a una película, sino que adelanta problemas y traumas mayores?

Habiéndose retirado la dirección del ICAIC de esta discusión bajo
excusas estrictamente políticas y sin referencia alguna a los posibles
valores estéticos de aquello que censuran: ¿qué hacen —puede preguntarse
uno— las otras instituciones que deben representar a un artista cubano
que se halla, de pronto, reducido a estas circunstancias? Ni la
Asociación Hermanos Saíz ni la UNEAC parecen dispuestas a salir de su
letargo, ofreciendo al menos un punto de diálogo franco sobre algo que
atañe al quehacer de un joven creador cubano.

En su comentario de OnCuba, Dean Luis Reyes creaba un paralelo entre
esta prohibición buscando su antecedente más famoso en la que sufriera
PM, el corto de Sabá Cabrera y Jiménez Leal que desencadenó el cierre de
Lunes de Revolución y las “Palabras a los intelectuales”. Si bien la
analogía es útil para repasar ciertos actos recurrentes, hay un hecho a
destacar que los diferencia: PM se exhibió en la televisión cubana, y
una vez desatada la confrontación, se proyectó ante un grupo numeroso de
artistas e intelectuales que pudieron expresar su sentir ante aquel
cortometraje, si mal no recuerdo, en la Casa de las Américas, donde fue
defendido ante los representantes de la censura.

En un momento más propicio, la Asociación de Cine, Radio y Televisión de
la propia UNEAC tal vez debiera haber mostrado algún síntoma de vida,
convocando a sus miembros para una proyección del filme y disponiéndose
a escuchar sus comentarios al respecto. Pero hoy nadie parece atreverse
a jugar esas cartas, y de ahí proviene esa suerte de desamparo que
varios de nuestros artistas comparten: el reconocimiento de que, si nos
adentrásemos en determinados problemas, no nos veríamos acompañados por
quienes deberían representarnos y, al menos, ofrecernos un espacio
nítido de confrontación en el que valgan nuestros argumentos.

Que no tenga el atacante el único derecho a expresar su malestar. Que se
nos conceda el mismo derecho a la réplica, sobre todo cuando lo que
subyace aquí es el recuerdo ingrato de cuestiones mal digeridas, nunca
del todo aclaradas, en las que la intelectualidad cubana se ha visto
bajo un fuego cruzado. Acelerar esos insultos hacia todo el movimiento
de cine independiente cubano es un gesto tan nuevo como más peligroso.

Se hubiese esperado que más allá de los muros de Facebook saltara una
contestación a una visión tan estrecha. Pero poco o casi nada de ello ha
sucedido. El silencio que predomina es el principal muro que impide
cualquier asomo de batalla, más allá de las confrontaciones en las que
críticos y funcionarios están ahora mismo, sin que el director ni otros
de sus colegas aún expongan sus puntos de vista hacia un problema que
hoy se llama Santa y Andrés, pero antes tuvo otros nombres, y mañana
puede tener muchos otros.

Cuando se produjo en el 2007 la célebre “guerrita de los emails”,
desfallecimos muchos tratando de exorcizar definitivamente los traumas
provocados por la accidentada historia del diálogo entre el poder
político y los intelectuales y artistas cubanos en fechas más o menos
recientes. Quienes acudieron a las conferencias organizadas por el
febril Desiderio Navarro desde el Centro Teórico Cultural “Criterios”,
recordarán que no pocas de nuestras esperanzas radicaban en que, por
fin, se aclararían puntos oscuros de todo ello, y quedaría a la vista un
paisaje menos brumoso de épocas cuyas vibraciones resucitaron con los
rostros de Pavón, Quesada, Serguera y otros que se asomaron a la
pantalla de la televisión. Tras el primer momento de fervor, y la
edición de un volumen que contenía las conferencias iniciales del ciclo,
nunca se editaron en libro semejante las que cerraron esa serie,
dedicadas a la música rock, el teatro cubano (a mi cargo) y el cine,
firmada esta por Juan Antonio García Borrero.

Si bien localizables en internet, no pasaron así a la letra impresa, que
es aún el canal más inmediato de conocimiento que sigue teniendo la
mayoría de nuestra población. En mi caso, publiqué una versión reducida
de mi intervención en la revista Tablas, y el texto íntegro en una
colección de mis reseñas teatrales. Lo hice previendo lo que sucedió, a
fin de dejar al lector la posibilidad de conocer con mayor exactitud
cuánto sufrió y cómo sobrevivió el teatro nacional a la década del 70.
En las últimas líneas de esa conferencia, lamentaba que la televisión
cubana, provocadora de todo ese ciclo, callara para no dar promoción
alguna a nuestras intervenciones, apelando a frágiles excusas en
supuesta defensa del pueblo que ahora reaparecen en los ataques
propinados a Lechuga y a su obra, para la cual no es aún —nos dicen otra
vez— el momento oportuno.

Lo mismo hizo la prensa oficial, y de algún modo eso nos hizo sentir,
por encima del acento fervoroso y de nuestras buenas intenciones, que
algo de ello quedaba en el vacío, como privilegio único de los que
acudían a esas lecturas, dejando abierto el terreno a lo que tratábamos
de combatir con aquellas páginas: la resurrección de posturas
extremistas, de terrores injustificados, de recelo ante el valor
esencialmente crítico que ante la Historia y sus pasajes más felices y
terribles debe o puede expresar el artista. La repetición de ciertas
frases acusatorias, el inflamado tono de estas invectivas que regresan
de manera avasalladora sin respetar la trayectoria de nombres
específicos y conscientes de sus responsabilidades en tanto creadores
noveles y consagrados, me hace rememorar esa sospecha. Los exorcismos
siguen siendo necesarios. Solo que no se nos deja llegar a los sitios
donde esos fantasmas aún siguen ejerciendo su poder.

A fines de la década del 90, cuando lo visité para obtener algún poema
inédito a solicitud de La Gaceta de Cuba, Delfín Prats hizo mucho más
que eso: me dio el poema y un puñado de fotos de su infancia y juventud.

En el campo cubano, con amigos y parientes, o en las calles de Moscú, se
deja ver en esas imágenes color sepia. Las conservo rigurosamente, a la
espera de que algún día recuerde ese acto tan dadivoso y me las pida de
vuelta.

El rostro de ese muchacho es el de un Delfín previo a todo lo que su mal
karma, como ha dicho, le depararía después, y su cara ya no será la
misma. En ese rostro, en esas fotos que tengo ahora a mi lado, pensé
cuando supe que no vería Santa y Andrés en la programación del Festival
de Cine.

Ocurre todo esto en un momento muy particular del año, que no ha sido
particularmente pródigo en buenas noticias, y puede que alguien piense
que preocuparse por la presencia o no de un título en la cartelera de un
evento, a la par que suceden otros estremecimientos, es cosa que ya
debiera ser noticia muerta.

Pero toca a los artistas e intelectuales, justamente, conectar símbolos,
proponer otra lectura de la Historia, entenderla como un proceso donde
se entrecruzan palabras y gestos en otra dimensión. En un instante en
que la noción de Cuba debe empezar a replantearse, en el que
determinados códigos abren otras perspectivas en lo que somos y sobre
todo en lo que seremos, en el que el país tendrá que enfrentarse a
preguntas impostergables y mayores, la necesidad de estos espacios de
visibilidad franca y confrontación sólida es algo imprescindible.

El filme de Carlos Lechuga discute esa nación, recuerda bajo qué
estremecimientos hemos sido parte de toda esta trayectoria. Pero esa
discusión no estará completa hasta que su trama y nosotros mismos, y no
solo sus personajes y quienes decidan si podemos verlo o no, se miren
cara a cara.

Por eso pienso en Delfín, en su autobiografía, en la de sus
contemporáneos, y en nosotros. Personajes de un mismo filme en el que
ningún rostro debería quedar invisibilizado.

Video:
https://www.youtube.com/watch?v=bItT-BT2_u8

Source: Delfín, Santa, Andrés y nosotros | Diario de Cuba –
www.diariodecuba.com/cultura/1479087889_26705.html

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