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El dinosaurio todavía está ahí

El dinosaurio todavía está ahí
El luto, que oficialmente terminaba el 4 de diciembre, parece que
permanecerá en la cotidianidad cubana por mucho tiempo
Miércoles, diciembre 21, 2016 | Ernesto Santana Zaldívar

LA HABANA, Cuba.- Uno abre los ojos y el dinosaurio todavía sigue ahí, y
parece que seguirá por un tiempo.

En los últimos años estaba ocurriendo un fenómeno inédito en la
televisión cubana a lo largo de medio siglo: Fidel Castro pasaba meses,
y hasta todo un año, sin aparecer en pantalla y, si lo hacía, casi nunca
hablaba. En todo caso la espectral aparición solo duraba segundos o
minutos. Su condición física no resultaba ni fotogénica ni estimulante.

Ese obstáculo finalmente ha desaparecido y ahora, gracias a las
toneladas de material audiovisual y gráfico que el Comandante hizo
almacenar durante su larga vida como personaje público, no solo hay
contenido para reventar los pocos canales del país, sino para exportar o
hasta para crear parques temáticos televisivos. Más aun, si desaparecida
la persona real se supone que comience el mito, pues entonces ha llegado
la hora de la mitomanía desaforada.

No es solo que al cortejo fúnebre que lo devolvió al oriente cubano lo
llamaran “caravana de la eternidad”; que un ciudadano compungido dijera
que “Fidel es el hombre más grande que ha tenido la humanidad”; que un
asistente al homenaje en la Plaza confesara que, al ver en el cielo una
sola estrella, pensó que “ese es Fidel, que desde el universo aún cuida,
resguarda y protege a su pueblo, como digno y eterno centinela de los
cubanos”. No es solo que un inspirado presentador anunciara que “Fidel
pasó una noche conversando con el Che”.

Es que el sonriente Randy Alonso afirmó: “No pudieron matarlo, sino que
murió cuando quiso”. Es que el Castro sobreviviente confirmó una
aseveración del presidente argelino Bouteflika: “Fidel poseía la
extraordinaria capacidad de viajar al futuro y regresar para
explicarlo”. Es que Joel Suárez, “el hippie que más lo quiere”, hijo del
reverendo Raúl Suárez, lo describió así: “Él se parece mucho al rock and
roll, intenso, de marcha retumbante”.

Para no hablar de las exageraciones o burdas mentiras históricas. Ni del
visionario en país de ciegos absolutos. Ni del Atleta Mayor, el
Intelectual Mayor, el Joven Mayor, El Disidente Único, el Gran
Benefactor. Ni del Iluminado.

En fin, llegó el punto en que —como ya se ha dicho tanto y hay que
seguir diciendo— se dice entonces cualquier cosa, porque la imperfecta
realidad ha quedado muy atrás en el camino. Así rezaba un titular:
“Desde tierras alemanas, bailan Cuba y Fidel con Danza Contemporánea”.
Así reza otro: “Cuba y Fidel son la rumba”.

En los días del lacrimoso duelo, una muchacha de efusiva tristeza reveló
que “cuando veo algo verde, enseguida me acuerdo de su uniforme verde
olivo”. Otra, que dijo trabajar en el Ministerio de las Fuerzas Armadas,
dio su testimonio de éxtasis: “Tuve la oportunidad de conversar con
Fidel, de tocarlo. Aún recuerdo aquella mano suavecita”.

La mera presencia de la cámara, podía exponer en esos días una
aflicción, una convicción y hasta una surrealista locuacidad de las que
ni el mismo entrevistado se hubiera creído capaz.

Por eso resonaron casi como absurdas, y hasta inoportunas, afirmaciones
como la del brasileño Frei Betto —que andaba en los trajines de
presentar una biografía suya y a quien le sobran parlamentos inoportunos
y absurdos—, que puntualizó: “La revolución no la hizo Fidel, sino el
pueblo cubano. Fidel fue solo el líder”. O como la del señor que
confesaba su pasmo: “Nunca creí que una personalidad tan grande cupiera
en una caja tan pequeña”.

Mientras cada uno decía: “Yo soy Fidel”, la multitud no clamaba:
“Nosotros somos Fidel”, sino también un “Yo soy Fidel”. El síndrome de
Estocolmo, en comparación, es un leve mal.

Y menos mal que, según descubrió para asombro universal su hermano,
Fidel Castro detestaba el culto a la personalidad. Si no, aquellos muy
humildes funerales pudieran haber demorado meses y sus cenizas habrían
sido empotradas en la mismísima Gran Piedra.

La prensa, por supuesto, se ahogó en tinta negra y se centró en el
monotema. De modo que los pobres viejitos que viven de revender los
periódicos fueron muy dañados por el duelo, pues casi nadie les
compraba. De hecho, los lúgubres diarios duraban hasta la tarde en los
estanquillos de la prensa. Ahora, cuando vuelven a ser lo que eran
antes, que ya es decir mucho, se están haciendo tiradas especiales
resumiendo —repitiendo— todo lo que ya se ha publicado sobre el modesto
Benefactor, tan enemigo de la idolatría y del culto a la personalidad.

Llama la atención una respuesta suya que alguien citó en algún momento.
Cuando le dijeron que Cuba no se resignaría a prescindir de él, Fidel
Castro confesó con tremenda humildad: “Cuba no me necesita. Soy yo quien
necesita a Cuba”. Bueno, ¿“Patria o muerte” no quería decir más o menos
lo mismo?

Source: El dinosaurio todavía está ahí | Cubanet –
www.cubanet.org/destacados/el-dinosaurio-todavia-esta-ahi/

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