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Fidel Castro y los progres de Occidente

Fidel Castro y los progres de Occidente
MIGUEL SALES | Málaga | 6 de Diciembre de 2016 – 05:57 CET.

Con motivo de la muerte de Fidel Castro los panegíricos se han
multiplicado en la prensa internacional. También se ha publicado un
número menor de artículos críticos, en los que se pone de relieve el
carácter dictatorial y dinástico del régimen, y los crímenes y las
inepcias del finado.

No hallé interés alguno en reiterar en ese momento mi repugnancia por el
logorreico personaje y por su obra, que tantas veces he expresado en
libros y artículos. Pero sí creo pertinente examinar un aspecto de las
reacciones que su fallecimiento ha suscitado.

Lo que más llama la atención es que la totalidad de los textos
hagiográficos —y también buena parte de los críticos— se enmarcan en el
relato del último siglo y medio de historia de Cuba que la propaganda
castrista logró imponer desde el decenio de 1960. Compuesto a partes
iguales de ignorancia, pereza y mala fe, este relato histórico podría
resumirse así:

En el siglo XIX, Cuba era una colonia de España, oprimida, atrasada y
miserable, como cualquier otra colonia tropical de la época. A finales
de siglo, los cubanos se alzaron en armas para conseguir la
independencia. EEUU, que entraba entonces en la rebatiña imperialista
del planeta, aprovechó la ocasión para intervenir en el conflicto,
marginar a los mambises y derrotar a las fuerzas españolas. Luego, en
vez de propiciar la soberanía y la libertad de la Isla, estableció un
protectorado neocolonial para explotar al pueblo y saquear sus riquezas
naturales.

Tras 50 años de República Mediatizada, Cuba seguía siendo un país
oprimido, atrasado y miserable, solo que esta vez por culpa de los
yanquis. Algo así como una mezcla de Haití y Paraguay, con vudú
(santería) pero sin guaraníes. Había 200 familias ricas que
administraban los casinos de la mafia de Nueva York y los burdeles
adonde acudían a desfogarse los estadounidenses, reprimidos por la ética
protestante y el capitalismo salvaje del complejo industrial-militar
implantado por obra y arte de Wall Street.

Las masas de analfabetos famélicos, carentes de empleo, vivienda y
atención médica, hallaron en un joven y audaz revolucionario al caudillo
que los conduciría a la redención. Ese jefe, al frente de una guerrilla
de 500 obreros y campesinos, logró derrotar a un ejército de 70.000
soldados adiestrados y equipados por EEUU, y entró triunfante en La
Habana, donde constituyó un gobierno nacionalista, totalmente consagrado
a erradicar la corrupción y las lacras sociales. Barrió la prostitución,
eliminó el analfabetismo y fundó hospitales. Al tiempo que entregaba la
tierra a los campesinos y las fábricas a los obreros, reducía a la mitad
el costo de los alquileres y los servicios de agua y electricidad, y
multiplicaba por cuatro el nivel de vida de las clases miserables, que
eran —como queda dicho— la inmensa mayoría.

Todas esas medidas populares y nacionalistas provocaron la reacción
airada de EEUU y la burguesía cipaya —las 200 familias— que empezaron a
atacar a la revolución. Esta, naturalmente, se dotó de Comités de
Defensa y de un nuevo y poderoso ejército para defender las conquistas
del pueblo. Y como la reacción proyanqui redobló los ataques y
Washington impuso un bloqueo, la revolución nacionalista y popular tuvo
que echarse en brazos de la Unión Soviética, que le facilitó armas,
petróleo y alimentos para resistir la agresión imperialista. Y hasta le
prestó unos misiles nucleares, que nunca llegaron a usarse (episodio que
los hagiógrafos del Comandante tratan de mencionar lo menos posible).

Luego vendrían años gloriosos en los que Cuba ganaría muchísimas
medallas olímpicas, mandaría a su ejército a luchar contra el apartheid
en África, apoyaría a las guerrillas en Latinoamérica y llegaría a
presidir el Movimiento de los Países No Alineados. En el interior de la
Isla, a pesar del bloqueo imperialista, los logros no eran menores:
escuelas en el campo, médicos de familia, ollas arroceras, picadillo de
soya, helado de moringa, tilapia transgénica, vacas enanas, microjet,
revolución energética, batalla de ideas y muchas otras iniciativas
geniales, nacidas todas del extraordinario caletre de Castro I, como
Minerva del cráneo de Júpiter.

Tras el derrumbe del socialismo real en el este de Europa, la
desaparición de la Unión Soviética y la reconversión capitalista de
China y Vietnam, Cuba inició el Periodo Especial en Tiempo de Paz:
resistió y se convirtió en depositaria de las esencias del comunismo
—junto con Corea del Norte, aliado incómodo—, gracias al apoyo solidario
de algunos gobiernos progresistas, en particular el de Venezuela.

Es obvio que este relato histórico oculta una parte considerable de la
realidad y tergiversa la otra en múltiples aspectos. Por ejemplo, el
papel real que desempeñó EEUU en la vida de la Isla desde principios del
siglo XIX y el que tiene ahora; el grado de independencia y los logros
económicos y sociales de la República hasta 1959; las causas
esencialmente políticas de la revolución contra Batista; el dinero de
las clases acaudaladas que decidió la victoria de los rebeldes y el plan
para imponer un régimen totalitario y antiyanqui, que Castro empezó a
ejecutar desde los primeros días de su entrada en La Habana.

Tampoco tiene en cuenta la pedagogía del terror mediante las ejecuciones
y la represión policial; la creación de un inmenso sistema carcelario;
la función del exilio; el interés de Castro en provocar un “ataque
nuclear preventivo” durante la crisis de 1962; las consecuencias de su
belicosidad planetaria; los efectos desastrosos de sus medidas políticas
—desde la reforma agraria hasta la estatización total de la economía—
sobre la vida y el futuro de los cubanos; la violación
institucionalizada de derechos humanos en la Constitución y el Código
Penal; o su apoyo a tiranos sanguinarios como Macías, Videla, Gaddafi o
Mengistu Haile Mariam, este último todavía prófugo de la justicia
internacional. Ni siquiera el conjuro que más se repite estos días, el
de los logros del castrismo en educación, salud pública y deporte,
resiste el más mínimo análisis con los datos objetivos a la vista.

Logros de Cuba y de otros países de América Latina

En un artículo publicado recientemente, la periodista Marian L. Tupy,
citando estadísticas del Departamento de Estado, señalaba: “De mediados
del decenio de 1950 al de 1990, la alfabetización creció en Cuba en un
26%. En Paraguay, bajo el dictador Stroessner, aumentó en un 37%. En
Haití, el país más pobre del hemisferio, progresó en un 346%”.

Y agregó los siguientes datos: “El consumo de alimentos disminuyó en
Cuba en ese periodo, en un 12%. En Chile, aumentó un 19% y en México, un
28%. La tasa de autos por habitante se redujo en Cuba a un ritmo anual
del 0,1%, mientras que en Brasil aumentaba un 16%, en Ecuador un 25% y
en Colombia un 26%”.

“En lo tocante a mortalidad infantil, entre 1963 y 2015 declinó en Cuba
un 90%. En Chile se redujo en un 94% y en América Latina y el Caribe, en
promedio, disminuyó un 86%”, añadió.

“Por lo que atañe a la esperanza media de vida entre 1960 y 2015, en
Chile aumentó un 42%, y en el conjunto de América Latina y el Caribe, un
34%. En Cuba creció un 25%.”

La conclusión de la autora es que casi todos los logros que el castrismo
reivindica como específicos del sistema socialista también se han
alcanzado en otros países, con un costo humano muchísimo menor.

Los datos y las comparaciones de este tipo podrían multiplicarse en casi
todos los órdenes, como han demostrado notables expertos y académicos,
sobre todo desde la caída del Muro de Berlín. Pero estos elementos de
juicio hacen poca mella en el mito castrista, porque la fabulación
elaborada por la propaganda de La Habana y de la que se han nutrido
durante medio siglo las fuerzas “progresistas” del planeta es una
construcción irracional impermeable a la evidencia, una creencia cuasi
religiosa que triunfó porque se ajustaba a los rencores, prejuicios y
anhelos de buena parte del mundo occidental en el decenio de 1960.

Desde los primeros días de 1959, Castro hizo de la confrontación con
EEUU la razón de ser de su vida y su gobierno; todos los que por motivos
reales o imaginarios se sentían agraviados por el “imperialismo yanqui”
apoyaron automáticamente al gárrulo dictador y pasaron por alto los
datos objetivos de la realidad cubana.

Tras el fracaso de la utopía revolucionaria en la URSS, España y China,
Cuba encarnó en diversos momentos los sueños de un abigarrado grupo de
gente: anticapitalistas, maoístas, comunistas prosoviéticos o no,
ecologistas, trotskistas y partidarios de la teología de la liberación.
Castro era un David barbudo que luchaba a brazo partido contra el Goliat
imperialista. Además, en la Isla había mojitos, habanos, rumba y mulatas
muy fotogénicas. Las masas pedían paredón a ritmo de conga, mientras el
Máximo Líder las arengaba con discursos de siete horas.

Al arraigo de esta ficción contribuyó también la ignorancia supina de lo
que había sido de la historia de Cuba republicana.

De 1902 a 1959 no ocurrió en la Isla nada que mereciera un titular de
primera plana en la prensa internacional. Todos los hechos que los
cubanos consideran magnos hitos históricos fueron sucesos de importancia
estrictamente local: la revolución de 1933, la Constitución de 1940, el
golpe de Estado de 1952 e incluso la revolución de 1957-1958 y la huida
de Batista a finales de ese año. Ni siquiera la propia victoria de
Castro suscitó mucha atención en el resto del mundo. En todo el periodo,
solo los altibajos de la producción azucarera y las nuevas modas
musicales atraían de vez en cuando las miradas hacia La Habana.

La prensa y las cancillerías del planeta empiezan a fijar su atención en
Cuba en 1959, cuando a las pocas semanas del triunfo, Castro inicia la
pugna con EEUU y comienza a enviar expediciones militares al exterior.

Casi 60 años después, el castrismo ha acumulado un voluminoso expediente
de fusilamientos, cárceles y campos de trabajo forzado, confiscación de
propiedades legítimas, destierro de miles de ciudadanos, militarización
y rígido control de la vida privada, monopolio del partido único,
estatización y fracaso económico, opresión religiosa y censura,
adoctrinamiento y sujeción de la cultura, persecución de homosexuales,
sometimiento de los sindicatos y un largo etcétera de violaciones de
derechos humanos sobre las que aún se asienta el régimen.

Esa realidad es la que, todavía hoy, muchos elogian o justifican en la
persona de su difunto creador. Socialismo o muerte (valga la
redundancia). Casi ninguno de los turiferarios del castrismo en
Occidente habría deseado públicamente para su propio país el destino que
Castro Ie impuso a sus súbditos. Pero todos lo justificaron alegremente
entonces —y muchos lo siguen haciendo ahora— porque, en el fondo,
consideran a los cubanos como carne de cañón de la revolución socialista
mundial, esa entelequia sanguinolenta.

Source: Fidel Castro y los progres de Occidente | Diario de Cuba –
www.diariodecuba.com/cuba/1480960501_27198.html

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