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Genio y figura…

Genio y figura…
Con Fidel Castro, como con su vida, todo tenía que ser único,
conspirativo, oscuro. Hasta el día de hoy nadie sabe con certeza de qué
enfermó, de qué fue operado una y otra vez, cuán demorada fue su
recuperación
Francisco Almagro Domínguez, Miami | 06/12/2016 11:34 am

Durante 47 años Fidel Castro fue la figura omnipresente en la vida de
todos los cubanos vivos, para bien o para mal. Esa presencia física,
ubicua, marcaba el diario andar, sobre todo en la Isla, pues no había
acontecimiento importante en el que el Máximo Líder no apareciera “por
casualidad” y lanzara una de sus ideas megalomaníacas, estridentes.
Peleador a la riposta, tenía preparado el contraataque con suficiente
originalidad y tiempo para impedir “telegrafiar el golpe”. Las
respuestas de contragolpe podían ser tan ridículas como insólitas —y por
lo tanto indescifrables para los enemigos— como aquella de sembrar
banderas enormes frente a la Oficina de Intereses para ocultar los spots
noticiosos que se generaban en los últimos pisos de la representación
norteamericana.
Con su enfermedad y retiro formal del poder, la presencia física pasó a
ser subjetiva; seguía en la mente de todos los cubanos, y
paradójicamente, ahora tomaba mayor altura, la forma de un tótem; esto
es menos humano, más simbólico. Todo el mundo sabía que cuando
despertara, “el Comandante todavía estaba allí”. Quienes olvidaron ese
pequeño detalle no sobrevivieron al error, empezando por los llamados
“talibanes cubanos” de apellidos Pérez Roque, Lage, Valenciaga, etc.
Embriagados por las mieles del poder, como el mismo los definió, su
último círculo de cancerberos fue sacrificado para escarmiento de todos
y soporte a quienes bajo el mando rígido de Raúl Castro debían seguir la
“obra de la revolución”.
Cuando parecía que su influencia totémica sobre la tribu ya no era
importante, que había muerto o estaba incapacitado, una fotografía o una
reflexión bastaban para que “nadie se moviera en la foto”. Uno de los
últimos que quiso salir en la instantánea fue un Barack Obama,
sonriente, incauto. El Comandante Tótem se encargó de que en el revelado
posterior “el hermano Obama” apareciera difuminado, borroso sobre todo
para la nomenclatura cubana.
II
De ese modo, discrepo fraternalmente de quienes piensan que el Máximo
Líder ni pinchaba ni cortaba hasta su último aliento. Creo que mientras
estuvo consciente y pudo hablar, nada ni nadie se atrevió a mover un
solo dedo. Así vivió y así debe haber muerto. De otro modo no se
explicaría este también final original, unas honras fúnebres sui
generis, un entierro aún más inverosímil. Genio y figura… dice el refrán.
Con Fidel Castro, como con su vida, todo tenía que ser único,
conspirativo, oscuro, que diera lugar a más preguntas que respuestas.
Hasta el día de hoy nadie sabe con certeza de qué enfermó, de qué fue
operado una y otra vez, cuán demorada fue su recuperación. Hay personas
que aseguran que usaba un doble desde 2006, y que salvo sus apariciones
fotográficas en Punto Cero, no se movía de allí.
Sus últimas horas, como su vida diaria, serán un misterio. Nadie puede
asegurar que el chino que tenía detrás —en la última fotografía— fue el
último invitado. Tampoco hay evidencias de un cuerpo, solo cenizas.
Cenizas que recorrieron cientos de kilómetros de carreteras llenas de
baches y de cubanos hambrientos llevados a la última despedida por los
CDR y los centros de trabajo. Y lo entierran en ceremonia privada, cerca
de José Martí, para hacer que el silogismo Profeta, José Martí, que
anuncia el Salvador, Fidel, sea aún más tangible. Como en versos de
Carlos Puebla: “te lo prometió Martí y Fidel te lo cumplió”. Por último,
según el Primer Secretario, no habrá estatuas, calles, o fábricas que
lleven su nombre.
Todo puede haber estado “fríamente calculado” por quien fuera un maestro
del engaño y la oportunidad. Los cubanos son reacios al embalsamamiento,
no por pudor sino por chota. Fidel tiene que haber oído muchos chistes
sobre las momias de Mao y de Lenin. Además, un Fidel desfigurado por
diez años de sufrimientos por reclusión involuntaria hubiera sido
“inmomificable”. Un cuerpo expuesto en esas condiciones era, igualmente,
desmitificador. Eran mejor las cenizas. Aunque no haya cenizas pa’ tanta
gente. Queda pues, la duda, ¿estará vivo todavía Fidel Castro?
Después está el entierro. Privado. Nadie sabe si asistieron todos sus
hijos —una decena—, o sus sobrinos, y sus parientes cercanos. O casi
nadie. Pero si como dicen algunos, tiene “santo hecho”, no pudo ser
incinerado, y por lo tanto el cuerpo corruptible fue sepultado mucho
antes que las cenizas llegaran a Santa Ifigenia; entonces, ¿son cenizas,
el cuerpo entero, o los dos?
III
Por último, no habrá estatuas, ni calles, ni fábricas, ni policlínicos
que lleven el nombre de Fidel Castro. Puede ser una rara muestra de
modestia en un hombre que jamás tuvo un ápice de ella en toda su vida.
Pero puede, y aquí de nuevo el Comandante en Jefe volvió a enseñar lo
mejor de su perspicacia conspirativa, haber evitado un futuro de
simbólicas venganzas, como desenterrar los huesos de Stalin de la
muralla del Kremlin, el derribo de las estatuas de Lenin, o la moción
parlamentaria española para quitar el nombre del Caudillo a calles y
parques ibéricos.
Es, además, una forma sutil de aumentar el mito, silenciándolo. Hombre
sin duda muy inteligente, diríase visionario, sabía muy bien que todos
esos que lo lloran histéricamente lo que quisieran es salir bailando
pues quien más llora al muerto es el que más lo odiaba en vida; que los
que se rasgan las pocas vestiduras que les quedan, al paso de —¿sus?—
cenizas, mañana mismo podrían formar un guateque más estruendoso que el
de la Calle Ocho si les abren la embajada norteamericana. Azares
concurrentes, no podía faltar el “toque tropical”; el supuesto mejor
jeep del ejército se “encangrejó” en las calles de Santiago, como si la
urna no quisiera llegar a su final destino.
De modo que, duela a quien le duela y por última vez, Fidel Castro la ha
hecho. No sabemos todavía que otra sorpresa nos dará su partida física,
porque junto al poeta Eliseo Diego, que lo sufrió como católico, puede
estar diciendo desde la Eternidad: “Aquí les dejo el tiempo, todo el
tiempo…”.

Source: Genio y figura… – Artículos – Opinión – Cuba Encuentro –
www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/genio-y-figura-327954

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