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La muerte anunciada de Castro

La muerte anunciada de Castro
WENDY GUERRA

No hice más que atravesar la puerta de mi hotel en Guadalajara y los
periodistas comenzaron a preguntar. Las citas eran cada vez más
numerosas y la jefa de prensa de Anagrama no sabía dónde ubicar mis
nuevas entrevistas.

En los almuerzos y cenas los colegas me preguntaban sobre la suerte de
Cuba, la posible transición y los cambios venideros.

A mi salida de La Habana un silencio profundo colmaba la ciudad. Las
calles estaban vacías, los vecinos, los amigos y familiares evitaban el
tema. ¿Se trata de miedo, desconcierto o sorpresa?

No, para nosotros Fidel había muerto hace mucho tiempo. El vacío de un
largo e intenso poder, la ausencia de su voz acotando las noticias
internacionales, la imposibilidad de decidir por nosotros cada uno de
los acontecimientos del país era evidente. Decayó su presencia y se
transparentó el liderazgo al que nos tuvo acostumbrados por 50 años.
Fidel dejó de existir 10 años antes del anuncio de su muerte.

¿Cuándo fue, para nosotros, su verdadera desaparición?

Recuerdo que en el verano del 2006 salía de la ciudad con mi amigo
Dagoberto Rodríguez, artista visual y parte del dueto creativo Los
Carpinteros. Dago manejaba su flamante almendrón mientras arreglábamos
el mundo, juntos avanzábamos por el túnel de la bahía de La Habana
poniéndonos al día de nuestras vidas. Nos sentamos a comer en La Terraza
de Cojímar y cuando apenas empezábamos la sopa de pescado, el mesero
vino hasta nosotros un poco asustado para comunicarnos:

—Necesitamos cerrar. Fidel ha dejado el cargo, está enfermo.

No sabíamos si el mesero había enloquecido, si aquello era una broma o
si más allá del Morro, en La Habana, se estaba acabando el mundo.

En ese momento sí que pensábamos que Fidel era eterno. Pagamos la bebida
pero no la sopa e hicimos un extraño viaje de regreso repasando nuestras
vidas, en las que Fidel, mucho más que nuestros padres, tuvo siempre el
papel protagónico.

Recuerdo que esa noche las personas sentadas en el malecón no miraban el
horizonte. Sus cuerpos vigilaban la ciudad.

A partir de entonces Fidel pasó a ser un comunicado, una cita, o
aquellos textos irreflexivos que pasaban de un tema a otro sin
coherencia. Creo que se improvisó con su figura retirada, que en
realidad no tuvo un buen equipo trabajando con él para sostener esa
penetrante, enfática presencia a la que nos acostumbramos y que,
sorprendentemente, se difundieron fotos, textos o situaciones que no
ayudaron a conservar aquella imagen omnipotente que conocimos los
nacidos después de 1970. ¿Es casualidad o será que todo esto se hizo a
propósito?

Durante 10 años el pueblo dejó de esperar lo que él nos diría y se supo
que el país continuaría sin él, pero bajo su figura.

Siempre he pensado que la obediencia en Cuba está conectada al
fidelismo, no al socialismo ni al comunismo, y por ello la desaparición
física de esta figura abre una interrogante: ¿Esta vida de sacrificio,
privaciones y acato continuará sin la figura de El Comandante?

El castigo que ha recibido un pueblo como el cubano al momento de su
muerte, el ortopédico gesto de no poder beber ni escuchar música, ni
saludar cívicamente por televisión durante nueve días, ese rígido
recogimiento instrumentado como luto de manera inconsulta, ha terminado.
Fidel organizó miles de actos, conciertos, despedidas y recibimientos.
Creo que un buen modo de despedirlo hubiese sido con un concierto o
dejando que el pueblo beba o se exprese como quiera. ¿Acaso no ha sido
Fidel el único de nosotros que puede decir que ha visto realizado su
proyecto personal, ese programa colectivo en el que todos, también el
exilio, se ha visto afectado, suceso irreversible que cambió la historia
contemporánea –y de paso– nos cambió el curso de la vida a todos desde
1959? ¿Será acaso esto lo que no admitía celebración?

Después del luto y el recogimiento, de la ley seca y la interminable
novena donde la ciudad parecía un eterno Domingo de Revolución nos
preguntamos lo mismo que en Guadalajara me preguntaban los periodistas:
¿Y ahora qué?

Source: La muerte anunciada de Castro | El Nuevo Herald –
www.elnuevoherald.com/opinion-es/opin-col-blogs/opinion-sobre-cuba/article120059883.html

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