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Luces, cámaras y micrófonos, esas otras armas del castrismo

Luces, cámaras y micrófonos, esas otras armas del castrismo
ALBERTO MÉNDEZ CASTELLÓ | Puerto Padre | 4 de Diciembre de 2016 – 14:31
CET.

El mundo ve cómo un cortejo fúnebre con las cenizas de Fidel Castro
rueda sobre un armón acristalado por las carreteras de la Isla, donde a
la vera, miles de cubanos, como actores en el camerino, aguardan para
salir a escena.

Permanecen apostados junto al badén, esperando ver los restos del
Comandante pasar, para sollozar compungidos o exclamar la última
consigna: “¡Yo soy Fidel!”.

Han sido llevados desde cualquier lugar donde alguien ordena, ya sea una
escuela, un hospital o una fábrica, luego volverán a casa y muchos
encontrarán la cazuela vacía.

El guion es viejo, viejísimo, lo esbozó el propio Fidel Castro hace ya
57 años, el 8 de enero de 1959, a su entrada a La Habana.

Salvo reacomodos de utilería o retoques en los tiempos escénicos, el
argumento de lo que hoy vemos ya estaba escrito. Luces, cámaras y
micrófonos, esas otras armas del castrismo, y de cualquier dictadura,
nunca pertenecieron al arsenal de retaguardia, y con frecuencia,
cumplieron su misión en la vanguardia, antes que los soldados con plomo
o los policías con rejas.

Como respuesta al ametrallamiento aéreo del 21 de octubre de 1959, que
en La Habana causó dos muertos y 43 heridos (quienes antes ponían bombas
a cuenta de Acción y Sabotaje del Movimiento 26 de Julio ahora combatían
a Fidel Castro), fue convocada una concentración frente al Palacio
Presidencial. Pero un obstáculo arquitectónico interrumpía la imagen
continua de la multitud congregada desde la terraza norte del Palacio
Presidencial hasta el Malecón: la entrada al túnel de la bahía.

La solución del inconveniente fue encomendada al entonces subsecretario
de Obras Públicas, ingeniero Gerardo Pérez-Puelles Ezpeleta, quien,
contratando carpinteros a toda prisa, construyó entre sábado y domingo
un puente de madera sobre la entrada del túnel.

Al volante de un jeep, en la madrugada del domingo 26 de octubre, Fidel
Castro inspeccionó la obra. El ingeniero le aseguró que estaría lista
para la concentración, pero, no contento con haber salvado aquel
obstáculo, Fidel sugirió “retirar provisionalmente” los árboles de la
Avenida de las Misiones para lograr una “completa visibilidad” de la
multitud.

Fue preciso convencer al Comandante de que tal operación, difícil de
ejecutar, podría conducir a la muerte de los árboles.

Cabe apuntar que en aquella concentración del 26 de octubre de 1959,
pronunció su último discurso el comandante Camilo Cienfuegos, quien
desaparecería misteriosamente dos días después. Desde la madrugada del
21 de octubre Huber Matos ya se encontraba preso.

Que Fidel Castro, ya en 1959 ordenará construir puentes y trasplantar
árboles con el solo propósito de mostrar por televisión imágenes de
personas concentradas, aplaudiendo sus discursos, no es raro. En Cuba se
derrocharon millones de toneladas de combustible llevando gentes a las
plazas con un solo fin: aplaudir, mostrar al mundo que en Cuba todo es
unidad.

¿Unidad en Cuba? Nada más distante de la realidad. Con cámaras, luces y
micrófonos, y por supuesto, con las cárceles y el paredón de
fusilamiento, Fidel Castro consiguió una imagen de unidad de los
cubanos, esa que vemos ahora en sus funerales.

Pero esa imagen de unión nacional es escénica, teatral. La cubana es una
sociedad murmurante, doble: el cubano que aplaude en las plazas es uno;
el que en la soledad de su casa se enfrenta a la cazuela vacía, es otro.

Existen los cubanos cuyas imágenes vemos ahora ante las cámaras. Pero
para saber de las otras caras de los cubanos, debemos estar con ellos, a
la hora de cocinar, incluso, irnos a la cama con ellos y junto a ellos
soñar.

Source: Luces, cámaras y micrófonos, esas otras armas del castrismo |
Diario de Cuba – www.diariodecuba.com/cuba/1480831892_27175.html

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