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Una muerte irrelevante y tardía

Una muerte irrelevante y tardía
6 diciembre, 2016 10:08 pm por Alfredo M Cepero

Miami, USA, Alfredo M. Cepero, (PD) Como otros tantos cubanos alrededor
del mundo, pasada la una de la madrugada del 25 de noviembre un amigo en
estado de paroxismo me sacó de la cama para decirme a gritos que Fidel
Castro había fallecido. Con una familia numerosa me temí lo peor cuando
sonó el teléfono y estuve a punto de increparlo. Pero, predominó la
urbanidad, le di las gracias, desconecté todos los teléfonos de la casa
y me fui a la cama.

Algunos de mis lectores se preguntarán: ¿Cómo es posible que Alfredo
Cepero, que lleva 56 años combatiendo a la tiranía con todos los medios
a su alcance, muestre tal grado de indiferencia ante una noticia de
tales proporciones? Procedo a contestar a quienes formulen tal pregunta
con una respuesta que ocupará todo este artículo.

Primero, una de las cosas que he aprendido en lo que ya va siendo una
larga vida es a no preocuparme ni perder la compostura ante
acontecimientos sobre los cuales no tengo el más mínimo control. En ese
sentido, un estado mental que me ha acompañado desde mi juventud. Lo
experimenté cuando con cartelones y consignas bajaba la escalinata de la
Universidad de La Habana con otros estudiantes para enfrentar la
violencia de la policía de Batista.

Se repitió cuando el 19 de abril de 1961, a dos días de iniciada la
invasión, como parte del Batallón 7 de la Brigada 2506 que quedó en la
retaguardia en Guatemala, fui despertado abruptamente para reforzar a
nuestros compañeros abandonados por Kennedy en las arenas de Playa de Girón.

Si alguno piensa que estoy haciendo alarde de valentía, le digo que se
equivoca. No atribuyo esa reacción ecuánime a mi valor personal sino a
mi fe en la Providencia Divina. Estaba y estoy convencido de que cuando
en uso de mi libre albedrío tomo una decisión no hay otra alternativa
que echar a un lado la duda, ponerme en manos de mi Creador y seguir el
camino hasta el final.

Dios se llevó a Fidel Castro y yo no tuve participación en el asunto;
pero si puedo contribuir a la liberación de mi patria y estoy decidido a
seguir este camino hasta que Cuba sea libre.

La muerte del monstruo es, por otra parte, un acontecimiento sin la
menor relevancia. Desde que se convirtió en el hazmerreír del mundo con
su caída de bruces en el El Cotorro en junio de 2001 había empezado a
dar señales de deterioro físico. Los años de vida dispendiosa y la
ansiedad de vivir con el terror de ser ajusticiado habían dejado su
rastro negativo. Tres años más tarde, en octubre de 2004, sufrió un
accidente similar en Santa Clara.

En octubre de 2006, el mismo tirano declaró que, en lo adelante, su
estado de salud sería “secreto de estado”. Si es que alguna vez las
tuvo, ya se encontraba en camino de perder sus facultades mentales. Puso
el poder en manos del hermano “carnicero” y pasó a desempeñar el papel
de “talismán” de un régimen que se mantenía únicamente a base de terror
y desinformación. Cuando murió el pasado viernes hacía diez años que no
participaba en las decisiones diarias del gobierno.

Pero lo que más me mortifica es que murió demasiado tarde y, sobre todo,
que murió en su cama. ¡Cuántos jóvenes se hubieran salvado, cuántas
madres no habrían perdido a sus hijos, cuántas mujeres no habrían
quedado viudas, cuántos niños no hubieran perdido a su padre si esta
alimaña hubiera muerto antes! Mejor aún si este engendro maléfico
hubiera sido mandado al infierno por la misma vía violenta que desató
durante más de medio siglo contra sus víctimas. Fidel Castro debió de
haber muerto ante un paredón de fusilamiento y suplicando a sus verdugos
por su vida. Porque estoy seguro de que, como todos los narcisistas y
tiranos, Fidel Castro era un cobarde.

Estoy también seguro de que algunos de los que lean este trabajo
discreparán de mi posición. Habrá incluso quienes se horroricen de que
haya pedido la muerte violenta de un ser humano. Pero todas esas
opiniones, sinceras o ficticias, ni me importan ni me quitan el sueño.
Porque estoy convencido de que, como Mao, Hitler y Stalin, Fidel Castro
no era un “ser humano”. Era un hijo de Lucifer que creó una sucursal del
infierno en la Tierra. Además, estoy dispuesto a afrontar las
consecuencias de desearle la muerte a una alimaña para restaurarle la
vida y la esperanza a más de once millones de cubanos en la Isla y más
de dos millones en el exterior. Todos hemos dado un paso adelante en el
largo camino que todavía nos queda por recorrer para liberar a Cuba de
sus opresores.

Ahora bien, este no es el momento para la premura, la improvisación o la
euforia. Quienes integran la verdadera oposición, no se conforman con
“transiciones” ficticias y demandan un cambio radical de las estructuras
de gobierno y de la sociedad cubana tienen que pisar firme y andar
despacio. Porque la tiranía tiene todavía los fusiles, la policía, las
cárceles y la voluntad de utilizarlas para aferrarse al poder. Opino que
los días del régimen están contados pero todavía no podemos hablar de
fecha y hora.

Eso sí, este es el momento de la cautela, de la persistencia y de la
preparación para aprovechar las oportunidades que podrían abrirse como
resultado de este paréntesis que nos habrá llegado tarde pero que no
podemos desaprovechar. Aún desde su lecho de enfermo, Fidel Castro era
un factor de estabilidad entre las mafias que luchaban y todavía luchan
por el poder dentro del régimen. Ahora con renovados bríos. En los
últimos diez años los “raulistas” se hicieron con el botín y desplazaron
a los “fidelistas”. Con la muerte del dinosaurio, el panorama ha
cambiado y podría producir un ajuste en la balanza de poder. Los
fidelistas desplazados por Raúl en la última década podrían reclamar
ahora una proporción mayor del botín que les fue arrebatado. Cualquier
grieta en la represa de la represión podría dar paso a un torrente de
rebeldía popular que sería literalmente mortal para los tiranos y sus
testaferros.

Esa sería la meta final de una libertad por la que hemos luchado en este
camino de 57 años de sangre, miseria y muerte. La meta que alcanzaremos
los cubanos sin otra ayuda que la de Dios porque nuestra soledad ha sido
absoluta. A nadie le deberemos favores ni a nadie le permitiremos
injerencias. Haríamos realidad la Cuba ilustrada de Martí, rebelde de
Maceo e íntegra de Máximo Gómez. ¡Alerta todos los cubanos buenos que la
hora se acerca!
alfredocepero@bellsouth.net; Alfredo M. Cepero
Visítenos en: www.lanuevanacion.com
twitter.com/@AlfredoCepero
*Director de www.lanuevanacion.com

Source: Una muerte irrelevante y tardía | Primavera Digital –
primaveradigital.org/cubaprimaveradigital/una-muerte-irrelevante-y-tardia/

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