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Una vida sin Fidel

Una vida sin Fidel
No pudo concebirse un símbolo más característico de la crónica
mediocridad e ineptitud de Fidel y sus seguidores que ese armatoste
militar, ruso, feo, roto en medio del viaje más importante que hiciera
el dictador. O, en este caso, sus menguados restos
Alex Heny, Nueva York | 17/12/2016 2:29 pm

Aun no se desvanecía el rojo blanco del horno, todavía no se enfriaba el
puñado de polvo, y ya se leían luctuosos, untosos, empalagosos
panegíricos que, cronómetro en mano, compungidos admiradores del anciano
dictador habían confeccionado con chea puntualidad.
Un día sin Fidel, tres días sin Fidel, cinco días sin Fidel, se
sucedieron aquí y allá; así, es de esperar, tendremos —tendrán, pues yo
no los leeré— microaniversarios de la magna cremación al mes, trimestre,
semestre, veintiséis de julio, trece de agosto, diez de octubre, y, por
supuesto, la apoteosis de las crónicas crono-mortuorias, al año sin Fidel.
El drama, que es parte de nuestra mestiza y temperamental cultura. En
este caso, un ulular de lloronas aderezado por lamentaciones que parecen
sacadas de la cosa juche.
“Están como los mexicanos con Juan Gabriel que, a cada rato, cuando ya
nadie se acuerda que se murió, sacan otro programa de lamentos…”,
comentaba mi esposa, divertida, no con la muerte, que no es de risa,
sino con lo insípido de los que sobreviven a los muertos ilustres.
Pero ni siquiera el Divo de Juárez ha inspirado esos recurrentes
reportajes que nos llegan con asiduidad menstrual. Vamos, ni a un Muerto
de Muertos como Freddy Mercury se le ha dado el honor de tal recuento
machacón, y mira que ese sí se agradecería.
Y el colmo de los absurdos es que Fidel había muerto no hace uno, tres,
o cinco días, sino hace ya una década, con el traspaso de poder a su
hermano, y la implícita aceptación de que ya no daba —por suerte— para
más. Su nefasta omnipresencia comenzó a marchitarse y solo asomaba,
esporádico, de reflexión en reflexión, o en noticias sobre algún
dignatario que había acudido a Punto Cero a tomarse un postrero selfie.
Así, hasta que terminó de morir. Esta vez definitivamente, un día que
está por saberse, pues esa coincidencia de fechas con aniversario de
Granma, Coloradas, y toda la parafernalia de conmemoraciones
gubernamentales, no la compro. Vamos, que se murió un día cualquiera,
como el vulgar labriego hijo de labriego que fue.
Los que lo lloran, pues regresan una y otra vez a esas ideas fijas,
cinceladas por el adoctrinamiento, esas charcas de falacias y lemas de
las que muchos bebimos en algún momento.
“Era el caballo”, murmuran, gozosos, con ese extraño disfrute de saberse
vasallos de un hombre fuerte.
“Un estadista de talla mundial”, dicen otros, saboreando la ilusión de
que su isleño cacique pudiera equipararse a inmensos personajes cuyo
legado, la Historia en sí, no necesita ser recordado cada cinco días.
“Educación, salud”, mantra, que es el reducto supremo del argumento de
“Por qué Fidel”, el agradecimiento eterno a su muerto grande por
servicios básicos pagados con dinero ajeno. Porque, en buena lid, si van
a lamentar, si van a defender su médico de la familia y su maestro
emergente, pues deben comenzar por mencionar a los que financiaron el
delirio fidelista: soviéticos, en primer lugar, y chavistas, milagrosos
rescatadores de la nación que ya se había ido en picada.
Gracias a ellos, a los mecenas del insostenible “proyecto”, los cubanos
son un pueblo miserable al que fue concedido vivir atrapado entre un
hospital derruido y una escuela mediocre, y al que con eso le debe
bastar; lo que les resta, según los lamentadores, es callar —o llorar—
en agradecimiento.
El resto, cosa burguesa, es banal. Así es que, por ejemplo, cuando la
rusa tecnología falla —una vez más—, cinco estoicos soldados empujan un
carromato bajo el sol inclemente para poder llegar, por fin, al mausoleo
del mal gusto, y de mal gusto, donde, detrás de un letrerito que dice
Fidel, se coloca eso que transportan, unos dos kilogramos de polvo de
fosfatos de calcio, sales de sodio, potasio, y quizás algún carbonato,
eso que llaman cenizas, y que en realidad es tierra tan infértil como la
escoria residual de algún primitivo proceso metalúrgico.
No pudo concebirse un símbolo más característico de la crónica
mediocridad e ineptitud de Fidel y sus seguidores que ese armatoste
militar, ruso, feo, roto en medio del viaje más importante que hiciera
el dictador. O, en este caso, sus menguados restos.
No creo que ninguno de los crono-cronistas use un tono diferente en esos
textos seudopoéticos y edulcorados, que merecen como fondo música de la
Nueva Trova y un coro de pioneros. Al contrario, le irán adicionando
tramos a la leyenda de Fidel Castro hasta que parezca que el muerto no
era lo que fue.
Pero sí lo fue. Un accidente histórico, una eficaz rémora que detuvo a
Cuba en algún lugar del siglo XX y que, aun después de muerto, le pesa.
Fidel no ha estado en mi entorno desde hace ya casi veinte años. No le
debo nada, ni a él, ni a su revolución, ni le reconozco la grandeza con
que lo adornan sus adoradores. Fue un dictadorzuelo tropical, delirante,
mesiánico, abusador, lo peor que le ha sucedido a Cuba en su Historia
contemporánea.
Con su muerte no sé qué comienza, pero sí sé que se cierra una época, la
fidelista, y eso es bueno. Pero si algo pudo ser mejor que eso, es, sin
dudas, el haber tenido una vida sin Fidel pues, con Fidel, lo de los
cubanos no fue vida.
Y todavía no lo es.

Source: Una vida sin Fidel – Artículos – Opinión – Cuba Encuentro –
www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/una-vida-sin-fidel-328106

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