Dissidents in Cuba
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Venganzas castristas

Venganzas castristas
Los represores nunca perdonan
Lunes, diciembre 5, 2016 | Ángel Santiesteban

LA HABANA, Cuba.- Una de las distinciones más visibles de la dictadura
cubana es su apego a la venganza, la represalia contra quienes disienten
en pensamiento y acciones de lo que los represores llaman “revolución”.
Ellos jamás olvidan, nunca perdonan, aunque en ocasiones, y a su
conveniencia, sean capaces de guardar un poco de silencio mientras
preparan el desquite, pero la mayor verdad es que desean resolverlo en
el menor tiempo posible. Únicamente de esa forma calman su soberbia.

Fidel Castro se apegó a la venganza desde que era estudiante
universitario, y más tarde no fue nada difícil constatar cómo recurrió a
la manipulación popular para salirse cada vez con la suya, y castigar a
quienes no acataban sus designios. Tras su llegada al poder, después que
fuera nombrado primer ministro y que en ese momento le pareciera
insuficiente, fusiló a algunos de sus enemigos políticos. Luego vendría
su venganza contra Urrutia y un poco más tarde contra Osvaldo Dorticós.
A ambos los humilló hasta doblegarlos; tanto, que un disparo en la sien
resultó alivio ante la constante presión del Comandante.

Muy bien sabían las víctimas que solo habían sido usados como pantalla,
títeres que Fidel manejaba a su antojo. Cuando Urrutia intentó enfrentar
al jefe, con el derecho que le daba la presidencia de la nación, Fidel
fingió una renuncia, lo que sin dudas era también una venganza, y
anunció que abandonaba el cargo de primer ministro, pero antes acusó a
Urrutia de traidor a los intereses del pueblo, es decir, a los del
primer ministro. La reacción fue la esperada y él pudo “salirse con la
suya”.

De la misma manera manipuló a los cubanos que aceptaban ciegamente ese
teatro que prometió una vida próspera y que, por supuesto, nunca les
dio. Tan ocupado estuvo en sus enfermizos megaplanes, que no tuvo tiempo
de cumplir con sus palabras; y sus correligionarios se convirtieron,
para siempre, en simples piezas que manejó a su antojo mientras
intentaba conseguir sus propósitos, para ayudar —¿o dominar? — a países
pobres a los que prometió ayuda en casi todos los órdenes y continentes.

Famosos fueron sus desquites, sobre todo esos que respondieron a su
incapacidad para soportar a quienes fueran capaces de contradecirlo. Con
esos fue implacable. Pienso ahora mismo en la injusta sanción, de veinte
años, que decidió para el comandante Huber Matos, luego de que no
consiguiera fusilarlo. Recuerdo también la misteriosa desaparición del
comandante Camilo Cienfuegos, y hasta en la muerte de Ernesto Guevara,
quien, sin dudas, ya se le presentaba como una competencia demasiado
popular e incómoda.

Tras alcanzar la presidencia hizo su purga ideológica; necesitaba de esa
limpieza porque incluso algunos comunistas ya comenzaban a molestarle,
sobre todo aquellos que, aunque lo estuvieron acompañando, tenían una
visión algo diferente a la suya. Fue en ese momento cuando la emprendió
contra Aníbal Escalante y contra Juan Marinello. A ellos los acusaría de
“sectarios”. Sectarios eran quienes no servían a sus dislates. Y
quedaron solo los que estuvieron dispuestos a doblegarse, como Blas Roca
o Carlos Rafael Rodríguez.

En su más de medio siglo de poder omnímodo, las ejecuciones se
convirtieron en su plato favorito. En ellas incluyó a altos oficiales
que le acompañaban antes y que le eran fieles. El caso más sonado sería
el de un Héroe de la República y general de división. Fidel decidió
fusilar a Arnaldo Ochoa porque necesitó hacer creer a Cuba, y al mundo
todo, que no estaba al tanto del contrabando de drogas que se gestaba
desde la Isla para introducirla luego en territorio norteamericano.

¿Y quién no recuerda a aquellos jóvenes que intentaron robarse una
lancha para llegar a Miami? Por esos días corría el rumor de que si
sobrevenía una estampida en las salidas ilegales, por vía marítima,
hacia Miami, los Estados Unidos responderían con una invasión. ¿Y qué se
le ocurrió a Fidel? Mandó a fusilar a aquellos dos jóvenes cuyo único
pecado fue querer abandonar un país que los asfixiaba. Ellos creyeron
que del otro lado estarían mucho mejor y eso molestó a Fidel.

Hoy cumplen sanciones en las cárceles cubanas muchos de los que
intentaron bajarse del tren “arrollador” de la revolución. Ninguno de
ellos tiene derecho a recibir los beneficios establecidos para la
población penal. Entre esos está el excapitán de la Inteligencia cubana
Ernesto Borges, quien lleva dieciocho años en penitenciaría cumpliendo
una sanción de treinta años de privación de libertad, y a quien, desde
hace tres años, debieron ofrecerle la posibilidad de una “prisión
condicional”. A pesar de que la ley penal asegure tal beneficio, este
preso continúa en la cárcel y antes de salir en libertad tendrá que
penar, tendrá que pagar por las diferencias ideológicas con los jefes de
esa “revolución”.

A este preso quizá le queda una sola posibilidad para que reduzcan la
condena que antes le impusieron, y ese evento sería la posibilidad de un
canje, que cambiaran su libertad por la de una oficial al servicio de la
inteligencia cubana que guarda prisión en los Estados Unidos. Ana Belén
Montes está presa en Estados Unidos, país donde fue sancionada a cumplir
veinticinco años en la cárcel, y cinco de libertad vigilada, tras
declararse culpable de espionaje al servicio de Cuba. Mientras esa
oportunidad no llegue, la luz de libertad está vedada para ese preso y
para muchos otros, y lo peor es que si alguien intenta alcanzarla sin
contar con ellos, conocerá de los odios extremos del poder, de ese que
se considera el dueño absoluto de todo este archipiélago, al que muchos
ya suponen maldecido porque desde la dictadura de Batista hasta la de
los Castro ya casi suma un siglo.

Source: Venganzas castristas | Cubanet –
www.cubanet.org/opiniones/venganzas-castristas/

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