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Castro y Pinochet – coincidencias y discrepancias

Castro y Pinochet: coincidencias y discrepancias
Se hace necesario delinear mejor los perfiles, así como sus diferentes
desempeños históricos, de dos figuras tan contradictorias y polémicas
como Fidel Castro y Augusto Pinochet
Alejandro González Acosta, Ciudad de México | 03/01/2017 12:01 am

No deja de asombrar que dos personalidades políticas tan aparentemente
dispares como los dictadores cubanos y chileno ya fallecidos, tengan
varios puntos de encuentro y otros tantos de separación.
En un reciente artículo[1], la admirable María Werlau, quien lleva
adelante el valioso proyecto Archivo Cubano, quizá el esfuerzo más serio
de documentar las atrocidades del régimen dictatorial castrista, realizó
un puntual paralelo entre las huellas sangrientas de dos dictadores
latinoamericanos con diversa fortuna: el cubano Fidel Castro Ruz y el
chileno Augusto Pinochet Ugarte. El primero cuenta en su haber con 7.173
víctimas comprobadas; el segundo, con 3.216, de acuerdo con cifras
acreditadas documentadamente. Así, pues, partiendo de esas cifras
gélidas, el caribeño duplica al austral en su letalidad. Sin embargo, la
imagen de uno y otro difiere sustantivamente. Mientras el cubano es
loado a extremos inconcebibles, el chileno es denostado implacablemente
por las mismas “buenas conciencias” que absuelven al primero de toda mácula.
Creo que no es ocioso realizar este paralelo (aunque suele decirse que
“las comparaciones son odiosas”), porque así quizá se ayuda para
delinear mejor sus perfiles y sus diferentes desempeños históricos,
atendiendo sobre todo a los saldos y resultados que dejó cada uno.
El contexto de ellos es muy importante, pues los dimensiona mejor. Ambos
sujetos brotan en circunstancias opuestas: en apretada síntesis, la
situación de Cuba con Batista era materialmente positiva, aunque
políticamente cuestionable. Con Allende, la vida democrática chilena era
precaria, pero la condición material ya era francamente deplorable. Asú,
pues, los móviles en cada caso resultan muy diferentes.
Asumiendo a ambos personajes como las representaciones individuales
condensadas de dos actitudes, puede proponerse que Pinochet lucha para
no perder su libertad (amenazada por un gobierno marxista) y Castro
brega para recuperarla (según declaró inicialmente para restaurar un
estado de derecho vulnerado). Uno encabeza un golpe militar exitoso (La
Moneda) contra un régimen marxista en progresiva radicalización, a punto
de realizar un asalto a las instituciones democráticas; el otro, también
realiza una acción armada (guerrillera) contra un régimen espurio (El
Moncada), pero fracasa y luego desarrolla una breve guerra civil, en
alianza con otras fuerzas sociales, que lo conducen al poder. Pinochet
desmonta un edificio totalitario en construcción, pero aún no
consolidado. Castro ataca una democracia precaria, tambaleante y
lastimada, para sustituirla por un modelo de control absoluto. El
chileno se adelanta a los sucesos; el cubano los precipita.
Tampoco es fútil este ejercicio de comparación, por la trascendencia
que, sobre todo en la realidad latinoamericana y en su imaginario
histórico, tiene esta pareja emblemática de dictadores, que aunque
aparentemente tan opuestos en realidad son las dos caras de la misma
moneda: el caudillismo continental. En algún momento se dijo que para
América Latina sólo había dos caminos: Fidel Castro o Augusto Pinochet.
Castro es un caudillo nato y un guerrillero improvisado; Pinochet es un
educado militar de academia y un caudillo obligado por las
circunstancias. El primero se forma a la carrera, y el segundo se
prepara. El cubano persigue inicialmente un propósito sublime, alcanzar
“la libertad”; el segundo se reduce a un objetivo inmediato, conservar
“la democracia”. A pesar de su parecido, ambos son términos muy
diferentes. El cubano declara que va a recuperar algo perdido y
pisoteado, y el chileno expresa la voluntad de no perder lo que ya se
tenía y estaba amenazado. El primero quiere subvertir el orden y
alterarlo, el segundo desea conservarlo y restaurarlo. Ambas son
situaciones extremas, pero uno parte de lo que ya se perdió y el otro de
lo que se podía perder.
La dirección cubana resultó desde el principio, aunque colegiada,
claramente individualista, como parte de un cuidadoso proceso de
construcción de su imagen: Castro prevalece sobre los otros
colaboradores, a los que fue desplazando después por diversos métodos,
para ocupar él solo la cúspide del poder: un caudillo se oponía a otro;
la Junta Militar es orgánica y esencialmente un cuerpo al inicio
colegiado, al conjuntar las diferentes fuerzas castrenses que la
integraban, y que finalmente delega en Pinochet su representación
operativa. Las primeras imágenes históricas expresan muy bien la
diferencia: un sonriente y jovial Castro entrando a La Habana, adornado
con medallas religiosas y míticas barbas con el brazo levantado, y un
grupo de ceñudos personajes sentado, severamente serios en sus uniformes
militares, uno de ellos con gafas oscuras y boca apretada, y todos con
los brazos cruzados: la expresión corporal cuenta mucho.
Uno representa el ideal del Pueblo, esa masa amorfa y manipulable en
cuyo nombre y representación dice que actúa; el otro, la voluntad de los
ciudadanos y sus instituciones a través de su intérprete y su brazo, el
Ejército: la diferencia entre ambos es sustantiva.
Sin embargo, creo que escapó a la fina percepción de tan autorizada
especialista como María Werlau un detalle de especial importancia.
Señala en alguna parte de su texto que la “dictadura de Fulgencio
Batista” comprendió “desde 1952 a 1958” y eso es históricamente falso,
aunque cierta historiografía se ha empeñado (y logrado con gran éxito)
en establecerlo como verdadero. Es cierto que Batista propinó un golpe
de Estado el 10 de marzo de 1952, que por cierto (nunca sobra
recordarlo) resultó incruento, es decir, sin derramamiento de sangre.
Este fue no sólo aceptado sino aplaudido, y eso está ampliamente
registrado en la prensa y los testimonios personales de su época.
Algunos persisten en decir que la causa del golpe fue porque iba a
perder en las próximas elecciones, pero ni aún eso está debidamente
documentado. Incluso Rafael Rojas, nada complaciente con Batista, sino
más bien todo lo contrario[2], en su reciente Historia mínima de la
revolución cubana expresa su duda razonada sobre esa presumible victoria
de los Auténticos, tan aceptada generalmente, aunque sin suficiente
argumentación contrastada. Pero, por otra parte, en 1954 Batista convocó
nuevas elecciones y restableció la Constitución de 1940, y ante los
comicios, al verse perdido en las preferencias, a última hora (sólo dos
días antes) se retiró el astuto y voluble Ramón Grau San Martín, quien
contribuyó como nadie a deslegitimar el sistema republicano y colocarlo
en una aguda crisis de credibilidad, mirando sólo a su conveniencia y
provecho político, aunque ya había aceptado presentarse a la justa
electoral. Esta fue la traición de Judas contra el intento de normalizar
un país revuelto. Pero es justo agregar también que prácticamente la
mayor parte de la clase política cubana del momento contribuyó para
lograr el mismo efecto: sus estrechas miras personales y sus intereses
mezquinos les impidieron dar un paso generoso, y ver con luz larga el
peligro que amenazaba el país. Esos polvos trajeron estos lodos. A Grau
le interesó más “La Choza” que “La Isla”. Y eso que fue él quien dijo:
“La cubanidad es amor”.
Pero lo cierto es que Batista gobernó sólo durante dos años con la
aplicación de los Estatutos Constitucionales, que estaban legalmente
considerados incluso en la entonces acotada Constitución cubana de 1940
para situaciones excepcionales. De hecho, la demanda presentada por 25
personalidades objetando esos Estatutos ante el Tribunal de Garantías
Constitucionales habla del talante liberal del gobierno de facto de
Batista. Y convocó a elecciones multipartidistas, donde incluso animó a
personeros para registrarse y participar; su “apoyo” incluso fue hasta
económico, como el caso de José Pardo Llada, quien recibió dinero
—comprobado— para competir. ¿Desaseadas estas elecciones? Por supuesto
que sí: como casi todas las de América Latina en esa misma época (salvo
muy contadas y gloriosas excepciones), y también como muchas de hoy en
día. Sin embargo, eso no las priva de su relativa legitimidad,
consideradas en comparación con cualquier dictadura. Durante el mandato
de Batista, aún en los momentos más tensos y conflictivos, existían la
propiedad privada, la prensa independiente y la libre expresión y
asociación. La misma actividad de Castro durante su encarcelamiento y
después, así como de sus seguidores, es la prueba de esto.
Y, además, en 1958 se realizaron otras elecciones en Cuba, también con
prensa, opinión libre y multipartidistas, donde obtuvo el triunfo el
honesto Andrés Rivero Agüero[3], quien murió en el exilio en medio de
honrosa pobreza. Este es el gran olvidado: él fue el último presidente
legítimamente elegido en Cuba. Muy diferente habría sido nuestra
historia insular si él hubiera ocupado el puesto para el que fue electo,
al menos durante los dos años que propuso para recuperar los comicios no
celebrados en 1956. Hasta la solución negociada de que hubiera asumido
provisionalmente Carlos Márquez Sterling (representante de la oposición
a Batista y siguiente en la lista de preferencias) habría sido
preferible a la pesadilla que padecemos aún. Pero nadie quiso ver y
menos escuchar las voces sensatas que convocaron a la calma y el
diálogo. Una vez más se cumplió el triste destino predicho por Máximo
Gómez: “Estos cubanos, o no llegan, o se pasan”.
Y cuando se produce la noche terrible del 31 de diciembre de 1958 en los
salones —reducidos por cierto— de la casa del Estado Mayor del
Campamento de Columbia (luego Ciudad Libertad y durante años almacén y
Departamento de Arte del Instituto Superior Pedagógico Enrique José
Varona, muy distante de la suntuosidad versallesca de la película con
más errores históricos que ha parido Hollywood, El Padrino), ya se
habían realizado elecciones y sólo faltaban 54 días para que el 24 de
febrero, día del aniversario del Grito de Baire, tomara posesión el
nuevo presidente libremente elegido por casi la mitad de los electores
cubanos. Batista no “huyó”, como se ha empeñado en establecer cierta
historiografía, sino que cumplió con el proceso constitucional de
renuncia en la figura del Magistrado más antiguo, Carlos M. Piedra,
quien trató inútilmente de encontrar una salida negociada a la crisis:
no se le dio esa oportunidad y el país perdió.
Por atropellar irresponsable y jubilosamente esa espera de 54 días con
un masivo y cegato movimiento nacional, hemos tenido 58 años de
dictadura irrefrenable. Si en ese momento crucial, con el ambiente
facilitado por la ausencia de Batista, la clase política y los
ciudadanos hubieran aceptado darle continuidad al sistema democrático
cubano en vías de recuperación, muy distinta habría sido la historia del
país. Pero la mayoría, miopemente, optó por la “actitud revolucionaria”,
es decir, cancelar cualquier diálogo con el Gobierno establecido, y
negarse a aceptar una solución negociada. Y no puede olvidarse que en
ese crucial momento tuvo mucho que ver el Gobierno de Estados Unidos y
su Departamento de Estado, en la peor jugada de toda su historia, que
prácticamente impulsó a Castro hacia el poder, al vetar tanto a Batista
como a Rivero Agüero.
El caso chileno es muy diferente. Es poco recordado que Salvador Allende
obtuvo la presidencia de Chile no por haber triunfado mayoritariamente
en las elecciones (para ello se requería una mayoría absoluta, o en su
defecto un entendimiento interpartidista), sino por un acuerdo de
gobernabilidad que logró por el pacto con otras fuerzas políticas,
algunas que integraron el llamado Frente de la Unidad Popular y otras, y
ese convenio tenía condiciones de obligado cumplimiento por el
mandatario[4], como el respeto a las reglas democráticas. Y que este,
impulsado y hasta empujado por Fidel Castro, quien despreciaba la
democracia —así lo dijo a los propios chilenos durante su dilatada y
molesta estancia en el país austral, que terminó preocupando al mismo
Allende— y unido al hecho de que se habían enviado armas desde Cuba[5]
para con ellas pertrechar a las multitudes allendistas organizadas por
el MIR chileno, generó una situación de máxima tensión. Y el Ejercito
tuvo conocimiento de ello a través de su eficiente departamento de
inteligencia, por lo cual se procedió al ultimátum al presidente, y
luego al golpe de Estado, con todo lo que eso implicó.
Werlau da las cifras precisas y documentadas donde se muestra que el
mandato de Pinochet fue muy inferior en costo de vidas y saldo de
sufrimientos al de Castro; no sólo muchos menos muertos, sino un
contrario resultado material: el Chile de Allende padecía escasez aguda,
y la Cuba de Batista no.
Y ahí está la gran diferencia que separa ambos momentos:
Legítimamente electo Allende, Pinochet lo ataja cuando está a punto de
deslegitimizarse, impulsado por la propia dinámica de su posición y
frente a una desastrosa situación social y económica que en gran parte
ha propiciado.
Castro, en cambio, aún admitiendo sin aceptar la “ilegitimidad” de
Batista (refrendada no en una sino dos elecciones, las de 1954 y 1958),
interrumpe el proceso cuando estaba a punto de legitimarse ampliamente,
unos días antes que traspasara el poder a su sucesor electo. Se sabe hoy
por numerosos testimonios que las “victorias militares” de los
insurrectos (como la Batalla de Santa Clara) fueron negociadas,
acordadas y vendidas por altos militares del ejército constitucional
cubano, como interesados gestos conciliadores para propiciar el tránsito
pacífico del poder a una coalición opositora (el Movimiento 26 de Julio,
el Directorio Estudiantil Revolucionario y otros partidos y agrupaciones).
Uno empieza por el final y el otro finaliza por el principio: hasta en
eso son discrepantes y opuestos.
Pero aparte de lo anterior, el saldo del cubano es mucho más nefasto que
el del chileno. Al contemplar imágenes de los respectivos países en la
actualidad se aprecia una dramática diferencia: el sudamericano hoy es
un pueblo próspero, pacifico, bien alimentado, solidario y lleno de
esperanzas; nadie emigra de Chile obligado por la miseria, al contrario,
recibe numerosos inmigrantes en busca de oportunidades; el caribeño en
cambio está hambreado, prostituido, humillado y lleno de miedos por su
futuro, y todos los que pueden huir de Cuba lo hacen. “Si un pueblo
emigra, el gobierno sobra”, dijo José Martí, inapelable fiscal del
Juicio de la Historia invocado por Castro tantas veces.
Sin embargo, en cuanto al aspecto de “percepción”, Castro aventaja con
mucho a Pinochet, sin dudas: la imagen universalmente aceptada es que el
primero “liberó” de una dictadura; y el segundo creó una contra un
sistema legítimo. Pero aquí se olvidan mañosamente los “detalles”, esos
imperceptibles y reveladores matices entre un caso y otro.
El móvil expreso de Castro era “recuperar” una libertad perdida, y el de
Pinochet era “impedir” la quiebra de la misma. Uno apuesta contra lo
consumado y el otro contra lo que está por ocurrir. Lo de facto contra
lo de jure. Entre esos términos se debate todavía el juicio de la Historia.
Si vamos a la columna del saldo final, sin duda, el militar chileno
rebasa ampliamente al cubano, y basta para corroborarlo considerar la
situación actual de los dos países y sus respetivos pueblos. Nadie añora
a Pinochet, pero tampoco a Allende, aunque éste obviamente se ha
sublimado como resultado de su automartirio. Pero en Cuba hoy cada día
son más quienes se refieren admirativamente al pasado batistiano, y
cambiarían gustosamente su situación presente con un imposible salto atrás.
Pero las opiniones de los propios pueblos pesan poco ante la imagen
universal, que se levanta sobre “convicciones” más que sobre
“realidades”. Así, la mayoritaria opinión mundial aún condena a Pinochet
y absuelve a Castro: el primero heredó una realidad concreta y el
segundo una utopía devenida distópica. Pero tal parece que es más
importante “la intención” que el resultado.
Una revolución es sin dudas un hecho doloroso y sangriento, y sólo puede
recibir aprobación y se justifica si el resultado es positivo a la
larga. Es decir, no se hace una revolución, con todo lo que ella cuesta,
para terminar igual o peor que antes. Sin embargo, salvo muy contadas
excepciones, las revoluciones han arrojado siempre esa lección fatal e
irrebatible: su saldo es casi unánimemente la crónica de un fracaso. Por
lo cual no deja de ser sorprendente que todavía se insista en ellas como
la panacea y la única salida para los conflictos sociales. Tiene buena
imagen ser “revolucionario”, hay que admitirlo, y lo contrario resulta
condenado y vituperado. En verdad, la lógica y el sentido común son
virtudes individuales, no colectivas: los sujetos las tienen, pero las
multitudes no.
El saldo histórico es palpable y no ofrece dudas: hoy Chile está mucho
mejor que cuando Allende, y es uno de los países en la punta de América
Latina, cuando en 1958 era apenas uno de los medianos.
Cuba hoy está mucho peor que en 1958, y de ser una de las tres economías
más poderosas de Latinoamérica en esa época, actualmente está por debajo
del resto, y sólo por encima —dudoso privilegio que más bien es mácula—
de Haití, el país más oprobiosamente pobre del mundo, al cual, incluso
bajo esta terrible situación, emigran los desesperados isleños.
Todo esto indica una lección interesante: un sistema autoritario puede
generar progreso material y eventualmente dar paso a una democracia. Un
sistema totalitario, además de crear una creciente miseria, no permite
un cambio pacífico para reconocer una participación democrática.
De la primera, se sale, incluso hasta mejor.
De la segunda no se escapa y sólo se empeora.
A pesar de tan evidente diferencia, en América Latina hoy subsisten,
precaria y vergonzosamente, sistemas del segundo modelo, o algunos que
van en camino de serlo, aunque también hay otros que vienen por el
sendero del regreso.
Las democracias más aceptables han preferido generalmente el camino
lento y estrecho, gris y sin reflectores, con gobiernos que sirven a los
pueblos, pues están sujetos a su escrutinio periódico. Las dictaduras
totalitarias, por el contrario, toman la ancha avenida iluminada por
brillantes candiles retóricos que llevan a los países inevitablemente a
la pobreza y la ruina: sin contrapeso, los pueblos existen sólo para
servirlas.
Los iluminados, que lanzan proclamas de igualdad y bienestar, sólo
logran lo contrario, al precio de la libertad de sus gobernados, que una
vez aceptan engañosamente el pacto, confundidos o atolondrados por
cantos de sirenas, se les impide renegociarlo cuando se percatan de su
error.
El oprimido por una dictadura autoritaria, puede y siempre logra al
final recuperar su libertad.
El sometido a una dictadura totalitaria, pocas veces y sólo a un precio
muy alto, logra recuperar su libertad y con ella la posibilidad de
obtener prosperidad.
Sin embargo, hoy mucha gente maldice a Pinochet y bendice a Castro. Así
son algunos pueblos, o al menos quienes se arrogan el derecho de hablar
por ellos.
Ironías supremas de la historia: Fidel Castro muere un 25 de noviembre
(si aceptamos la versión oficial), el mismo día del cumpleaños de
Augusto Pinochet. Hasta en eso estuvieron vinculados, pero por
oposición: uno muere cuando el otro nace. Pero también, para colmo de
coincidencias, fue un 25 de noviembre cuando un niño náufrago asediado
por tiburones y escoltado por delfines, resultó un nuevo Moisés
rescatado de las aguas, después de ver morir a su madre ahogada: Elián
González Brottons. Él fue el móvil de la última batalla victoriosa de
Castro. Dos dictadores y el balserito del conflicto unidos en un mismo
día, quizá quiera decirnos algo…

[1] “Castro superó a Pinochet”, El País, Madrid, 4 de diciembre de 2016.
[2] Puede verse sobre este punto mi estudio “Apostillas para una
historia no tan mínima” en Otro Lunes Nº 39 (Octubre de 2015):
www.otrolunes.com/39/
[3] Las elecciones presidenciales cubanas para el período 1959-1963 se
realizaron, en medio de la guerra civil y los sabotajes, el domingo 3 de
noviembre de 1958. A pesar de las circunstancias adversas, votó el 45,88
% de los 608.154 votantes registrados. Estos le dieron el triunfo a
Rivero Agüero, abanderado del partido Coalición Progresista Nacional con
el 70,4 % de los votos (428.166), y los tres candidatos restantes
fueron: Carlos Márquez Sterling, del Partido del Pueblo Libre, con el
15,69 %; Ramón Grau San Martín, del Partido Auténtico, con el 12,46 %, y
Alberto Salas Amaro, del Partido Unión Cubana, con el 1,44 %.
[4] El famoso “Pacto Secreto” con Radomiro Tomic, de la Democracia
Cristiana, para imponerse al independiente Jorge Alessandri, que
compitió por el Partido Nacional y la Democracia Radical obteniendo el
segundo lugar, muy cercano a Allende.
[5] Los llamados “Bultos cubanos” destinados al GAP (Grupo de Amigos del
Presidente) que según Norberto Fuentes contaban entre “tres o cuatro mil
fusiles de asalto AK47”.

Source: Castro y Pinochet: coincidencias y discrepancias – Artículos –
Opinión – Cuba Encuentro –
www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/castro-y-pinochet-coincidencias-y-discrepancias-328236

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