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Cuba y el falso fin de la historia

Cuba y el falso fin de la historia
El país estrena 2017 en circunstancias muy críticas
Sábado, diciembre 31, 2016 | Carlos Alberto Montaner

MIAMI, Estados Unidos.- Primero de enero de 2017. Otro aniversario. ¡Qué
fastidio volver sobre el tema! Cincuenta y ocho años de revolución y
Cuba continúa atascada en el pasado. Permanece condenada a la miseria
creciente debido a una cúpula dirigente que un día prometió la libertad,
pero eligió el comunismo, arrastró al país en esa dirección, y se niega
a revocar aquella nefasta decisión.

¿Por qué esa conducta absurda, mezcla de terquedad y deseo de mantener
el poder a cualquier precio? Al fin y al cabo, el comunismo terminó a
principios de los noventa con la disolución de la URSS y la admisión del
descrédito total del marxismo-leninismo. Ninguna sociedad que lo padeció
y pudo sacudírselo ha querido retomarlo.

La justificación de esa extraña parálisis radica en una frase que les
gusta repetir a los pocos castristas que quedan en la Isla: “La
transición ya la hicimos el primero de enero de 1959 y no hay nada
fundamental que cambiar”. O sea, alcanzaron el fin de la historia. El
poeta Raúl Rivero sintetiza irónicamente ese comportamiento: “El cubano
es la única criatura sobre el planeta que no sabe qué pasado le espera”.

En todo caso, no hay manera de detener el tiempo y Cuba estrena 2017 en
circunstancias muy críticas.

Fidel murió en noviembre pasado y con él desapareció el Caudillo
sabelotodo que tomaba las decisiones importantes. Aunque llevaba una
década apartado de la administración del país, su mera presencia tenía
un efecto paralizante en la cúpula dirigente.

Venezuela, a punto del colapso, incluso de la hambruna, víctima de la
corrupción y el mal gobierno, tuvo que reducir sustancialmente los
subsidios a la Metrópoli cubana que controla el país por medio de
Nicolás Maduro.

El tejido empresarial agrícola e industrial sigue siendo tremendamente
improductivo e ineficiente porque no funciona el “Capitalismo Militar de
Estado” desarrollado por el Comandante en los noventa y regulado por
Raúl en sus “lineamientos” a partir del 2010.

El 20 de enero termina el gobierno de Barack Obama y comienza Donald
Trump, quien ha prometido revertir algunas de las medidas tomadas por el
presidente saliente.

Con la Casa Blanca, el Congreso y el Senado en manos republicanas, lo
probable es que continúe el embargo, pero el efecto más dañino de la
administración Trump contra el régimen cubano será disuadir a los
inversores capitalistas para que no acudan con su dinero y su know-how a
ponerle el hombro a una dictadura empeñada en sostener el fracasado
modelo del capitalismo militar de Estado.

Es el fin del deshielo entre La Habana y Washington. Trump no tiene que
proclamarlo a los cuatro vientos (y probablemente no lo hará), sino,
sencillamente, aplicar la Ley Helms-Burton, aprobada durante la
administración de Bill Clinton, vigente mientras no sea derogada.

En esencia, esa ley establece sanciones económicas y ausencia de lazos
comerciales mientras en Cuba no se respeten los Derechos Humanos y se
permitan comportamientos democráticos como la libre asociación y el
multipartidismo. Es una ley de Guerra Fría contra un país que no se ha
retirado de la línea de fuego.

Es verdad que a otros gobiernos como el de China o Vietnam no se les
exige lo mismo, pero no son países geográficamente próximos a Estados
Unidos, no tienen, como Cuba, un 20% de su población radicada en la
nación vecina, no inciden en las elecciones norteamericanas, y no
cuentan con tres senadores y cuatro congresistas federales perfectamente
alineados en el tema cubano. Es decir, China y Vietnam no constituyen un
problema de política interna, como sucede con todo lo que acontece en la
Isla.

Barack Obama trató de cambiar la política de Washington hacia La Habana
y fracasó.

Como se demostró en las elecciones pasadas, los electores
cubano-americanos, que contribuyeron a darle la victoria a Donald Trump
en Florida, prefirieron claramente a los políticos de “línea dura”, o de
“línea democrática”, como ellos prefieren llamar a los partidarios de
combatir por medios pacíficos a los regímenes comunistas, en lugar de
tratar de apaciguarlos, hasta que el gobierno de Raúl Castro o de sus
sucesores no dé señales de iniciar una suerte creíble de transición.

Pero Obama fracasó, además, porque Fidel y Raúl Castro no aprovecharon
la mano tendida para abrir la sociedad cubana y reiteraron la consabida
lealtad a las ideas comunistas, algo que lamentan muchos de sus
partidarios, aunque no tengan cómo expresarlo.

Los Castro interpretaron el cambio de actitud de la Casa Blanca como la
rendición incondicional de un viejo enemigo al que continuarían
combatiendo en todos los frentes, junto a Corea del Norte, Irán, Rusia,
China, Venezuela y los países del Socialismo del Siglo XXI, porque, para
ellos, como no se cansan de repetir, Estados Unidos seguía siendo la
encarnación del mal capitalista al que podrán destruir algún día.

¿Y ahora que hará Raúl Castro? No creo que haga nada. Está viejo y
cansado, aunque mantiene fuertemente atada a la sociedad cubana. No
ignora que la revolución fracasó, pero no tiene fuerzas ni ganas de
enmendar el inmenso error cometido en 1959, cuando irresponsable y
traidoramente asumieron el camino comunista.

“El que venga detrás, que arree”. Esa es su secreta consigna. Tiene 85
años y sabe que los más jóvenes están impacientes por desmontar ese
disparate. No era verdad que la transición terminó en 1959. No era
verdad que la historia podía detenerse. Pero tendrán que esperar a su
muerte. La batalla política se transformó en una batalla biológica que
Raúl, como todos, acabará perdiendo.

Source: Cuba y el falso fin de la historia | Cubanet –
www.cubanet.org/facebook/cuba-y-el-falso-fin-de-la-historia/

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