Dissidents in Cuba
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Otra crónica del sinderecho…

Otra crónica del sinderecho…

La activista Lia Villares relata lo sucedido tras su arresto en el
Aeropuerto Internacional José Martí.
Cuando la muchacha me hizo mirar a cámara y me pidió que me echara para
atrás que había un “problema” con mi pasaporte, calmadamente me cambié,
saqué mis carteles y me paseé por todas las puertas de salida diciendo
que era una ciudadana cubana sin derechos.

“Porque no”, fue la respuesta a gritos que me dio una funcionaria de
inmigración cuando pregunté reiteradas veces que me dieran una sola
razón lógica que explicara la negativa a mi salida.

Habían allí más activistas, al menos cuatro, a los que habían prohibido
igualmente viajar en el mismo vuelo a Cancún.

Después de “alterar el orden” a las 3 de la tarde en la terminal 3 del
aeropuerto, esto es: sacar un par de carteles y gritar mis derechos
civiles y políticos, ampliamente apabullados, fui empujada a la patrulla
880 de la policía aeropuertaria, por la oficial 07718, una p…
disfrazada de policía o viceversa, que después de jorobarme el brazo por
la espalda y montarme a la fuerza, cuando una funcionaria de inmigración
le dijo “métele un tapaboca” para que me callara, se dispuso a
propinarme una serie de galletazos, acompañada de una mueca de placer
lésbico aberrado. Le mordí como pude la mano que me arañaba la cara con
unas uñas estilizadas larguísimas y pintadas de morado y le grité
“perra” esquivando las galletas con mis pies, hasta que logró metérmelos
también mientras cerraba la puerta de un tirón y el policía chofer
hermetizaba la ventanilla. El carro patrulla arrancó y me despedí de los
presentes con el signo de Libertad con mis dos manos extendidas en el
cristal. Les pregunté a los policías si habían visto la secuencia de
violencia femenina hardporn que evidenciaba un abuso clarísimo de
autoridad y me contestaron que me callara o yo me iba a enterar de lo
que era un tapabocas de verdad.

Me llevaron primero a la estación del aeropuerto, con un cartel que
decía policía en varios idiomas, ruso, chino, italiano, francés…
evidentemente confundidos, y después de un rato me trasladaron a la de
Santiago de las Vegas (telf. 7683 2116) donde me tuvieron hasta las 8 de
la noche, esperando por el agente de la 21, esta vez un completo
desconocido, para darme la “libertad”. Ese lo único que hizo fue ponerme
una multa de 30 pesos según el decreto 141 artículo 1 G y ni siquiera me
dirigió la palabra, ni a mí, ni al jefe del calabozo, el superior 1er
teniente Chaveco, que estaba desesperado porque me fuera de allí porque
ya lo tenía loco conque me dejara hacer mi consabida llamada telefónica,
a lo cual me respondía, impasible ante mi trágica, pero no menos cierta,
autodenominación de “desaparecida” y “secuestrada”, que quienes tenían
que autorizarla eran los de la CI (contrainteligencia), porque yo, los
“opositores”, éramos un caso especial.

Al principio me molesté en preguntarle mi situación legal al oficial de
guardia, otro derecho negado, a lo que indagué si tenía otra función en
el calabozo además de comer mierda, después de haberlo visto flirtear
con una presa, cogerse la corriente con un toma precario y bromear con
los encerrados al respecto, de la manera más atolondrada posible. El
joven se ofendió y llamó a la mayor Isabel Peña, según se identificó,
jefa de instrucción penal, quien luego de conocer mi estatus de “CR” y
decirle al muchacho que a ella nadie le llamaba comem….. de esa forma,
y de leer en alta voz el cartel de mi blusa (el artículo 13 de la
Declaración universal de los derechos humanos sobre la libertad de
movimiento, con un tono altamente irrespetuoso), me hizo un despliegue
fabuloso de chusmería y me dedicó a “pleno pulmón” (textual) y manoteo
un repertorio de improperios, plagados del más forzado odio ideológico
al estilo de “mercenaria, bandida, contrarrevolucionaria”… que
ciertamente me dejaron atónita y con ganas de aplaudir semejante
actuación, digna de una sala de teatro. Y salió indicándole al de
guardia que si se me ocurría sacar el celular, me lo “incautara”.

Una tarde en una estación como esa da para escribir un guión dramatúrgico.

No pude ver ni un solo caso de delincuencia, propiamente. Le “ocupaban”
o “decomisaban” o simplemente robaban 40 mangos a uno, 40 litros de
cloro a otro. Una bolsa con las pertenencias de un homeless, pensando
que también las vendía. Un “deudor” de multas “injustas”, que hizo
trizas la nueva que le daban. Uno que “no hizo nada” y aún así le
dejaron ir con una multa de 1500 pesos. Y la novia/asistente del joven
policía de guardia, que nunca dijo por qué la tenían allí desde el
viernes, siendo un lunes. Esa es la entretenida vida de un calabozo
cubano: sin crímenes ni criminales.

Condeno una vez más la impunidad de todos los funcionarios públicos que
participan y son cómplices de esta farsa, porque no creo que deba
tomarse en serio la supuesta “autoridad” de estas personas, al servicio
de la tiranía más larga de la región. Algún día habrá un ajuste de
cuentas, no lo sé, pero deberían hacerse responsables por los secuestros
y detenciones arbitrarias desde ya.

Las organizaciones que invitan a los activistas y gastan recursos en
boletos que son desechados sin respuesta por los funcionarios de
inmigración deben hacer una queja formal y oficial para que las
indemnicen por los pasajes perdidos y haya un coste moral al menos para
esta institución y quizás un freno a la hora de este actuar impune y
represivo contra ciudadanos cubanos, pacíficos, defensores de derechos
humanos.

Me solidarizo como una más, con todos los activistas que están siendo
impedidos de salir del país, porque sé que en algunos casos esta
politica del desgaste e intimidación puede funcionar y abandonarán por
frustración y soledad. Pero muchxs, seguiremos dando tremendo berro.

[Tomado de la cuenta de Facebook de Lia Villares]

Source: Otra crónica del #sinderecho… –
www.martinoticias.com/a/otra-cronica-del-sin-derecho/147796.html

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