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Intransigencia y tolerancia

Intransigencia y tolerancia
Las dos caras de la intransigencia están presentes en La Protesta de Baraguá
Alejandro Armengol, Miami | 13/07/2017 1:46 pm

Con el inicio de la lucha por librarse del dominio español, los cubanos
comenzaron a exaltar la intransigencia no como mérito moral, recurso
emotivo y justificación personal, sino como un valor político. El error
se ha trasladado a los libros de historia y a la literatura; recorre las
páginas de los textos que se enseñan en la escuela primaria y ha servido
de vocación suicida a unos cuantos insensatos, así como a muchos
demagogos para alimentar sus engaños.
Ser intransigente es negarse a transigir, a consentir en parte con lo
que no se cree justo, razonable o verdadero, a fin de acabar con una
diferencia, según el diccionario de la Real Academia. De acuerdo a esta
definición, la intransigencia se acerca a un sinónimo de rectitud:
cuando se transige, se cede, en parte se claudica.
Por otra parte, la definición de intransigencia en inglés destaca otro
aspecto del concepto. El intransigente rehúsa el compromiso, rechaza
abandonar una posición o actitud extrema, de acuerdo al diccionario Webster.
Entre ambos aspectos de una misma definición hay un abismo cultural.
Mientras que en español el intransigente es alguien que se niega a
transigir, que se mantiene firme en sus convicciones, en inglés es un
extremista.
En ambos casos, los idiomas reflejan momentos históricos. El calvinismo,
trasladado del francés y de Europa a Estados Unidos, es la definición de
intransigencia religiosa más apropiada a un territorio joven y ajeno a
las guerras religiosas que se extendieron por más de cien años en el
viejo continente. El espíritu reaccionario español, que al triunfar
contra el avance francés consolida su oscurantismo por siglos, gravita
sobre la Isla y provoca la inevitable reacción extrema.
La reacción emotiva facilita que exaltados como José Martí glorifiquen
insuficiencias. Tómese por ejemplo una de las frases más repetidas de
Nuestra América: “Crear es la palabra de pase de esta generación. El
vino, de plátano; y si sale agrio ¡es nuestro vino!”. Se trata de una
exclamación lapidaria y funesta. A partir de ese momento, los incapaces
y oportunistas —abundantes en Cuba y en exilio— han tenido su
justificación garantizada.
La frase contribuyó a la creación de un canon de miseria y chapucería,
donde lo autóctono se impuso sobre lo extranjero, no por su esencia sino
como una categoría moral. No hay manifestación más clara, en el terreno
político y cultural, que ese vanagloriarse de los errores mediante un
nacionalismo agresivo e inculto. En el plano individual o ciudadano, se
nos regaló la posibilidad de hacer mal las cosas y cerrarles la boca a
los críticos.
Poco sirvió, sin embargo, la frase lapidaria cuando el propio Martí se
enfrentó a la creación literaria. Ningún “vino de plátano” aparece en
sus poemas. En esos momentos recurre al Chianti, tan extranjero y no por
ello extraño al poeta.
Por supuesto que es tonto —además de injusto— el achacarle a Martí toda
la chapucería que se acumula a lo largo de la historia cubana. El
pensamiento martiano ha sido utilizado como un recurso más en la
elaboración de patrañas y falsedades. Pero no reconocer que se trata de
un código mal construido y peor aprovechado es cerrarle la puerta al
análisis de un pensamiento que junto a aspectos novedosos e ideas
progresistas, encierra también conceptos caducos e ideales arcaicos, que
resultan un disparate proclamar en nuestra época.
Por otra parte, la “protesta de Baraguá”, protagonizada por el general
mambí Antonio Maceo, es la posición intransigente más valorada en la
historia de la Isla. Desde los textos de la época republicana a los
manuales implantados tras el triunfo de Fidel Castro, nadie se ha
atrevido a considerarla un gesto inútil, que prolongó de forma
infructuosa una contienda liquidada y que solo produjo algunas muertes
innecesarias.
Los rostros de la intransigencia
Las dos caras de la intransigencia están presentes en La Protesta de
Baraguá. La actitud de Maceo, de negarse a una paz que no incluyera la
independencia y el fin de la esclavitud, era digna; su decisión de
continuar la contienda bélica resultó insensata (no hay que olvidar
tampoco que posteriormente, el otro protagonista de la Protesta, el
general español Arsenio Martínez Campos, permitió al “Titán de Bronce”
marcharse tranquilamente de Santiago de Cuba en un barco español).
La valoración positiva de la intransigencia, paradigma heredado de los
patriotas pero que también ha servido para cubrir de gloria diversos
fracasos políticos y bélicos, es asumida desde hace muchos años por un
sector del exilio miamense, despreocupado o ignorante del efecto
negativo que la misma ejerce sobre su imagen a los ojos del resto del país.
Apocalípticos e integrados bajo las categorías de la tolerancia y la
intolerancia, en el exilio se desaprovechó la oportunidad de definir una
posición que evitara la manipulación del régimen castrista. La
incapacidad de arrojar el lastre de un nacionalismo provinciano hizo
que, junto al hostigamiento contra un supuesto enemigo llegado de la
Isla, se incrementara la sobrevaloración de la nación existente antes
del primero de enero de 1959. Un fenómeno con culpables no solo en La
Pequeña Habana.
El encuentro de la diversidad de criterios ha quedado pospuesto. La
apuesta reducida al todo o nada. Antes que discutir o aceptar
diferencias, abogar por la uniformidad. Ahora, gracias al apoyo de una
administración en Washington ajena a los verdaderos problemas de Cuba y
poco deseosa de encontrar soluciones reales, se han reafirmado los cotos
cerrados.
Una de las peores consecuencias de esta política cerrada —y también
errada— ha sido el renacimiento de una imagen de Miami donde impera una
especie de estalinismo de café, lo que dista de ser real.
Quienes para criticar al totalitarismo no encuentran argumentos mejores
que la repetición de valores y estrategias caducas no hacen más que
favorecer al sistema que pretenden atacar, sin otra arma que la
tergiversación y la añoranza de un pasado irrepetible.
Es en el comportamiento cotidiano donde tienden a sublevarse más los
cubanos, cada vez que se les señala un defecto o limitación. Hay una
especie de tendencia supuestamente innata a negarse a la crítica, bajo
la asunción falta de que implica un denigro, en vez de aprender de los
defectos.
Tolerancia e intransigencia
Limitar el debate sobre la tolerancia e intransigencia al ámbito cubano
es simplemente una actitud provinciana.
En 2006, el escándalo por el retiro de la ópera Idomeneo en Alemania
produjo, una vez más, la repulsa de los defensores de la libertad de
expresión y el temor de quienes veían el aumento creciente de la
intolerancia y el fanatismo.
La Deutsche Oper de Berlín sacó del programa a la obra de Wolfgang
Amadeus Mozart por miedo a ofender al radicalismo islámico, ya que en
una escena aparecía la cabeza de Mahoma decapitado.
Las protestas se multiplicaron. Desde el alcalde berlinés hasta la
canciller, Angela Merkel, pasando por el ministro del Interior. Todos
pidieron que se repusiera la obra, lo cual se logró con la presencia de
Wolfgang Schäuble, el ministro del Interior, y un ejército de
periodistas del mundo entero.
A primera vista fue un caso simple en que la autocensura y el temor
actuaron de censores de una obra compuesta siglos atrás por uno de los
compositores más extraordinarios que han existido.
Dejarse dominar por el miedo hacia los fanáticos pone en peligro la
libertad alcanzada en Europa, donde cualquier producto artístico puede
ser apreciado con independencia de los motivos ideológicos que lo
inspiraron o su contenido. De haber triunfado el retiro de la obra, se
hubiera abierto la posibilidad de que llegara el día en que los ateos
furibundos amenazaran a los museos para que se retiraran la mayoría de
las pinturas renacentistas (de motivos religiosos) o los militantes
cristianos exigieran la supresión de buena parte del arte del siglo XX.
Lo ocurrido con la ópera de Mozart en Alemania hizo renacer el temor de
que lo que pasó con las caricaturas de Mahoma, aparecidas un tiempo
atrás, lograra el propósito de intimidar a buena parte del mundo.
Sin embargo, esta visión simplista puede dejarnos satisfechos y
confiados de ser los grandes guardianes de la cultura universal frente
al fanatismo islámico, cuando la verdad es mucho más compleja.
En primer lugar, se debe aclarar que se trataba de un montaje de la obra
de Mozart, que incluía una escena que no se encuentra en la ópera
original. Por otra parte, no solo era cercenada la cabeza de Mahoma,
sino también la de Buda, Jesucristo y Poseidón, un dios de la mitología
griega equivalente a Neptuno en la romana. Tanto líderes religiosos
islámicos como cristianos protestaron por el montaje.
Si salimos del recinto casi sagrado de la ópera y pasamos a un
espectáculo menos exclusivo, nos encontramos con las protestas y
solicitudes, ocurridas por la misma fecha, como la solicitud de la
supresión del momento de la “crucifixión en un recital de Madonna. Y si
en vez de vivir en Alemania residimos en Miami, y somos exiliados
cubanos, reaccionamos airados ante alguien con una camiseta con la
imagen del Che.
Es cierto que lo que entonces separó a los dos últimos ejemplos (Madonna
y la camiseta del Che) de la cancelación de Idomeneo fue una enorme
distancia: la que va de la repulsa a la amenaza de un acto terrorista.
Pero el empeño común reside en perseguir la forma de aumentar nuestra
tolerancia y no solo en mantener la intransigencia dentro de los límites
fijados por la legalidad y la vida civilizada.
Lo interesante, en el caso de Idomeno —un aspecto soslayado entonces por
la prensa, por ignorancia, falta de espacio o premura—, es que la obra
no solo es una ópera sobre el amor, sino también sobre la tolerancia.
Mozart nunca se hubiera atrevido a presentar la cabeza cortada de
Jesucristo. Es más, se distanció de cualquier implicación ideológica y
religiosa al situar la acción en una época posterior a la Guerra de
Troya. No hay en la obra original —como luego se presentó en el montaje
contemporáneo de Hans Neuenfels que tanto revuelo causó— un rechazo a
los dioses (griegos) sino todo lo contrario: el deseo de sacrificarse
para aplacarlos y la voluntad de cumplir con el destino, salvo en el
caso del gobernante (Idomeneo).
Lo curioso fue que toda esa polémica surgió alrededor de una ópera que
nunca ha logrado formar parte del repertorio habitual de los principales
teatros y compañías del mundo. Baste señalar al respecto que la primera
representación en Estados Unidos ocurrió en 1947.
¿Por qué esa ausencia de los escenarios? La razón radica en que la voz
encargada de la parte correspondiente a Idamante, el hijo de Idomeneo,
Mozart la compuso para un tipo de cantante que ha desaparecido del mundo
de la ópera: un castrato. Desde entonces los directores han tenido que
optar por encomendar el papel a un tenor o a una soprano.
La desaparición de los castrati se considera como la abolición de una
práctica inhumana. Vale la pena imaginar por un momento hasta dónde
podría llegar un verdadero fanático de la obra, si tuviera la impunidad
y el poder para poder revivirla en su versión original, o preguntarse si
no es una forma de intransigencia no permitir el retorno de esa voz,
perdida al parecer para siempre.
Intransigencia, fanatismo y temor
En 1935 el escritor rumano Mihail Sebastian comenzó a escribir un
diario. No sabía entonces —no lo supo nunca— que los nueve cuadernos de
notas que llenó hasta 1944 se convertirán en su obra más famosa. Tampoco
había razones para sospecharlo. Era un narrador, periodista y autor
teatral de prestigio. Tenía 28 años y un gran escepticismo hacia las
causas ideológicas. Si anotaba lo que le ocurría, era por un interés
personal y no para dar cuenta de una época. Ahora, es el testimonio de
lo ocurrido a ese intelectual y judío asimilado lo que importa. Más allá
de sus triunfos y fracasos amorosos. Las humillaciones cotidianas de un
hombre que vio cómo se alejaban de él casi todos sus amigos, mientras
luchaba por sobrevivir en una ciudad cada vez más hostil.
Hablar de las amistades de Sebastian no es citar escritores menores,
compañeros de café y redactores de versos ocasionales. Mircea Eliade,
Eugène Ionesco, Camil Petrescu y E. M. Cioran formaban parte de ese
círculo. Era el grupo literario más brillante de Rumania y la mayoría de
sus miembros alcanzaron fama internacional. Todos, con la excepción de
Ionesco, estuvieron vinculados con el movimiento legionario la Guardia
de Hierro; un grupo de extrema derecha, antijudío, violento y fascista
que ayudó a establecer en el país una dictadura militar aliada con la
Alemania nazi, para luego ser eliminado con el apoyo de Hitler.
A diferencia de otros casos de judíos sobrevivientes del Holocausto, la
historia que cuenta Sebastian no es una descripción de hornos
crematorios y campos de exterminio, sino una narración que habla del
temor a la muerte más que de la muerte misma, del miedo a la
deportación, la miseria y la imposibilidad de ganarse la vida
escribiendo. Todo ello se lo impidió la irracionalidad e intransigencia
furiosa del nazismo.
La necesaria tolerancia
Los cubanos nos hemos destacado en agregar una nueva parcela al
ejercicio estéril de ignorar el debate mediante el expediente fácil de
ignorar los valores ajenos. Aquí y en la Isla nos creemos dueños de la
verdad absoluta. Practicamos el rechazo mutuo, como si solo supiéramos
mirarnos al espejo y vanagloriarnos.
Practicar la moderación y la cordura en nuestras discusiones políticas
no nos libra del exilio. No contribuye al fin del castrismo o al
mejoramiento de las condiciones en Cuba. Tampoco ayuda a la permanencia
del régimen. Simplemente facilita el entendernos mejor.
Este artículo recoge ideas expresadas en Cuaderno de Cuba.

Source: Intransigencia y tolerancia – Artículos – Opinión – Cuba
Encuentro –
www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/intransigencia-y-tolerancia-329991

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